La libertad elegante y despreocupada que reina en la alta sociedad, prestábale ocasiones favorables para ensimismarse en el ánimo de los hombres de un modo descocado, pero no logró nunca realizar sus deseos.
Era fea; pertenecía a una elevada familia, lo que hacía peligrosa toda clase de relaciones que no tuviesen por epílogo un desenlace legal, y, además, apenas si tenía fortuna, pues la de su madre, la baronesa de Carrillo, apenas si pasaba de unos cuarenta mil duros, suma insignificante en la alta sociedad, y más si se consideraba como un premio de cargar con una mujer fea y poco simpática; y en cuanto a las riquezas del conde de Baselga, todos sabían que pertenecía a su segunda esposa.
Fernanda era además víctima de una conspiración femenil. Sus amigas, sus antiguas compañeras de colegio, ofendidas por la altanería de aquella muchacha, que conocía su origen bastardo por ciertas murmuraciones sorprendidas y se mostraba muy orgullosa por ello, habían hecho públicos los infinitos defectos de su carácter, y de aquí que los hombres se guardasen de entablar relaciones demasiado íntimas con aquel mascarón de proa que tenía un genio de todos los demonios. Además, Fernanda tenía en sí causas que la hacían espantar, sin saberlo, a cuantos iniciaban el menor avance. Su carácter lo transparentaba su rostro, y hasta cuando sonreía, queriendo fingir la expresión más graciosa, benévola y atenta, su sonrisa se convertía en una mueca altanera y fría, propia de un poderoso que se digna atender a sus inferiores.
En vano era, pues, que Fernanda recurriese hasta a los más extremos medios para cazar al hombre deseado. Conociendo que su rostro era feo, aunque no tanto como en la realidad, apeló a una exhibición incitante, y para mostrar su busto terso y de contornos esculturales, exageró su escote un poco más aún de lo que permitían las libres costumbres aristocráticas, y en la conversación fué despreocupada como una vieja cortesana, exagerando los apretones de manos expresivos y buscando ocasiones en el baile para rozarse de aquel modo escandaloso que inflamaba su sangre y exacerbaba su hambre de virilidad.
Pero todo era en vano y parecía que conforme avanzaba en su conducta insinuante y despreocupada, los hombres se alejaban de ella temiendo una conquista que tan fácil se presentaba.
Fernanda desesperábase, y cuando asistía a las fiestas de Palacio miraba con envidia y con odio a aquella joven soberana, de la que sabía era hermana y que como ella obedecía a los impulsos de instintos hereditarios e insaciables. Ella era feliz, ella podía apagar el eterno fuego que caldeaba su sangre, y Fernanda miraba con envidia la brillante servidumbre palaciega, los generales jóvenes, de figura caballeresca y marcial galantería, los oficiales lindos, rizados y perfumados, haciendo bailar la espada pendiente de una cintura oprimida por el corsé, y los mocetones de la Escuadra real, musculosos, incitantes, con su perfume brutal e hinchado su poderoso pecho bajo la maciza coraza de plata. Era aquello un completo serrallo con un sin fin de odaliscas machos, deslumbrantes con sus vistosos uniformes, sus galones, sus plumas y sus brillantes condecoraciones.
La baronesita llegaba a convencerse de que no había Providencia ni Dios, ni nada justo en el mundo, al ver la hartura de su hermana ilegítima y la necesidad delirante en que ella vivía, e igual al pordiosero que, haraposo, hambriento y aterido, al ver pasar en una noche de invierno en el fondo de su caliente carruaje al satisfecho potentado, maldice la suerte injusta, Fernanda juraba contra el destino que en materias de amor daba a unas tanto y a otras tan poco.
Llegó un instante en que la joven baronesa hubo de decidirse a cambiar de vida y pensar lo que debía hacer.
Tenía ya veintiséis años; esa frescura de la juventud que alivia tanto el mal aspecto de las feas, comenzaba a marchitarse y llegaban a sus oídos las murmuraciones poco decentes que había excitado su conducta incitante y que amenazaban crearle una fama tan escandalosa como ridícula.
Había que retirarse a tiempo para conservar respetabilidad; era preciso dar un adiós a aquella sociedad tan seductora, pero en la cual sólo había encontrado decepciones y desaires.