—Y la señorita Enriqueta—dijo el capitán después de reflexionar un rato sobre los resultados que había producido su conducta—, ¿qué piensa ella de aquel adorado? ¿Nunca ha dado a conocer a usted su opinión?
—Es tan callada la señorita, y tan tímida y retraída la ha hecho la educación que la da su hermanastra, que es muy difícil adivinar lo que piensa. Pero yo tengo buen ojo, y si he de decir lo que creo, aquel militar no le parecía mal. Ella no me ha hablado nunca de él como de los otros mozuelos que la hacían el amor en los salones; pero muchas veces la he visto pensativa, y como esto fué desde que el tal militar le rondó la calle, creo que en él y sólo en él pensaba cuando se mostraba tan distraída. Sólo un día habló de él, y fué en la capilla de la casa solariega del conde, donde hemos pasado tanto tiempo. Mirando un cuadro de San Miguel volvióse a mí y me dijo que tenía cierto parecido con el guapo militar que tan tenazmente la perseguía.
—¿Parecido a San Miguel?—dijo Alvarez con extrañeza.
—No sé si será así, aunque aquel santo era rubio y barbilampiño y el amoroso militar, según mis informes, llevaba bigote como usted. Pero esto me prueba más aún que la señorita siente interés por el tal sujeto, pues es una verdad aquello de "es propio de enamorados ver su amor en todas partes".
Esto convenció al capitán, quien, dejándose llevar de un risueño optimismo, creyó ya que Enriqueta le amaba.
Tan absoluta fué su confianza, que se sintió tentado de revelar toda la verdad a la tía de su asistente.
Aquella mujer le servía de mucho para sus planes amorosos, pues contando con su cooperación podía llegar hasta la mujer amada.
Además, el carácter franco y sencillo de Tomasa dábale confianza y comprendía que por el cariño que profesaba a Enriqueta y el odio que sentía contra la baronesa, era capaz de ponerse a sus órdenes, aunque esto le hiciera correr el peligro de ser despedida de una casa que consideraba ya como su propio hogar.
Alvarez sintió impulsos de espontanearse y dar a entender a Tomasa que él era el militar en cuestión, pidiéndola su auxilio como intermediaria en sus amores.
Iba a hablar el capitán, iba a decir: "¡Ese militar era yo!", cuando, con ademán respetuoso, entró el asistente en la habitación, y apenas lo vió su tía, se arrojó en sus brazos.