Aquella era la única nube que empañaba el puro cielo de su primavera de amor.

La época feliz de sus amores duraría el tiempo que la baronesa tardara en volver a Madrid.

El día en que doña Fernanda regresara a casa de su padre, Enriqueta volvería a su vida semimonacal, y él tendría que contentarse con pasear la calle, sosteniendo unos amores románticos que acabarían a la puerta de un convento.

Alvarez estaba triste. Los días en que más locuaz y adorable se mostraba Enriqueta eran los en que más sufría el capitán apenas quedaba solo y reflexionaba sobre el porvenir.

XV

El amigo de Baselga.

El conde de Baselga tenía un amigo a quien no vacilaba en dar este nombre.

Aquel misántropo, que huía del trato social no buscando más compañía que la de los libros, habíase sentido ablandado de repente en su genio arisco e impenetrable, concediendo poco a poco su confianza a un joven.

Entre los pocos que invitaban en aquella casa por pura cortesía y que merecían no ser comprendidos en una recepción fría y ceremoniosa figuraba Joaquín Quirós, joven a quien ciertos periódicos nombraban siempre con el aditamento de "distinguido e ilustrado" y que tenía alguna reputación entre la alta sociedad de Madrid.

Estaba ya cinco años empleado en el ministerio de Estado y figuraba con cierta autoridad al frente del tropel de vizcondes y marquesitos que, expertos en dirigir un cotillón, mascullando medianamente el francés y hablando horriblemente el castellano, estaban agregados al citado ministerio, donde se preparaban a representar a España, tiempo adelante, en lejanas Embajadas.