El padre Claudio en campaña.

Cuando menos lo esperaban los habitantes del palacio de Baselga, que vivían en una paz octaviana desde la partida de doña Fernanda, llegó un telegrama anunciando la próxima llegada de ésta, y a la mañana siguiente la baronesa, seguida de su doncella y llevando al lado al padre Felipe, que había ido a esperarla a la estación, hizo su entrada triunfal en el edificio, solemnizando su llegada con destempladas riñas al portero y a la restante servidumbre por su torpeza al subir las maletas y los innumerables paquetes que formaban su equipaje.

—Ya tenemos el diablo en casa—murmuró Tomasa, que perdió repentinamente su animación al ver el avinagrado gesto de la baronesa.

Aquella inesperada aparición preocupaba al ama de llaves, que con cierto fundamento esperaba que el viaje de doña Fernanda duraría algunos meses más. Su mirada escudriñadora fijábase con insistencia en la persona de la baronesa buscando en ella las huellas de una dolencia. Tenía el rostro muy pálido y su rubicundez se habia extinguido; pero el vientre que Tomasa miraba con descaro no presentaba ninguna señal denunciadora. ¡Y aquel viaje sólo había durado tres meses! ¿Se había engañado la doncella de doña Fernanda, y por su afán de inventar chismes habría atribuído a su señora aquel embarazo que ahora resultaba falso?

No era el ama de llaves mujer capaz de esperar pacientemente la resolución de sus dudas, así es que al ver cómo la doncella llevaba su equipaje a su cuarto, fué tras ella y sin preámbulos le preguntó lo que deseaba saber.

—Calle usted, señora Tomasa, que bastante hemos pasado. Los padres a quien fué recomendada la baronesa eran unos jesuítas franceses muy finos y alegres, que se interesaron por nosotros y tomaron a pechos el sacar a la señora de apuros. Yo escuché tras una puerta cómo un padre ya viejo y con aire de experimentado, le preguntaba un día qué prefería: tener un hijo a su tiempo y sin graves complicaciones, o buscar un aborto que suprimiese aquella criatura, viviente testimonio de su falta y que algún día la podía comprometer a los ojos de la sociedad. Ya sabe usted quién es esa mujer y su alma atravesada, que le permite no temblar ante los mayores peligros. Aceptó la última proposición, ganosa de salir del paso cuanto antes, aunque esto le costase la vida, y yo no sé qué diablos le darían aquellos padres tan listos, que a las pocas noches la baronesa púsose a morir, pero arrojó de su cuerpo el regalo del padre Felipe. El mes que yo he pasado cuidando a la señora, que estaba entre la vida y la muerte, no se le doy a pasar a nadie; pero, al fin, se ha puesto buena y algo me han valido mis penalidades, así como mi reserva.

Y al decir esto, sonreía irónicamente la charlatana doncella.

—Ahora—exclamó con acento cruel el ama de llaves—, otra vez a empezar, volviendo a las conferencias a puerta cerrada. Esa perra es insaciable y no escarmienta. ¿No la has visto llegar tan amartelada con el padrazo Felipe?

—Le telegrafió ayer ordenándole que saliese a la estación, y ese cura alegre parece estar enamorado de la señora a juzgar por la sumisión con que la obedece.

—¡Valiente hermosura la de tu señora para enamorar a nadie!