—¿Cómo sabéis aquí lo que yo pienso?

—¡Bah! Aquí se sabe la historia y la manía de cada enfermo. Ese señor médico que le ha acompañado a usted aquí, ha estado examinándolo con detención durante mucho tiempo, hasta que se ha convencido de su enfermedad.

—¡El doctor Peláez!—exclamó con extrañeza el conde.

—Sí, ese creo que es su nombre. Hasta hace poco ha estado abajo en el gabinete de consultas explicando la enfermedad de usted a don César y recomendándole que lo trate muy atentamente.

Baselga no se pudo contener.

—¡Pero eso es una infame traición!...

El criado volvió a sonreir irónicamente.

—¡Bah! Todos dicen lo mismo cuando vienen aquí, y después, si es que salen completamente sanos, dan las gracias por haberlos tenido tanto tiempo en esta casa atendiendo a su curación.

Reinó un largo silencio. El conde, con la cabeza baja, reflexionaba sin llegar a creer completamente en su horrible situación. Tan absurdo le parecía.

Al fin, como quien pregunta una cosa que tiene por axiomática, dijo al criado: