Porque la verdad era que estaba violenta.
Aquella atmósfera, por decirlo así, la ahogaba.
Comprendía que había obrado mal no oponiéndose resueltamente a lo que su padre la propuso.
Reprochábase su debilidad.
Remordíale la conciencia porque tenía la íntima convicción del profundo dolor que había de experimentar su amante al recibir aquella carta, que únicamente en un momento de inconcebible ceguedad pudo escribir.
El conde la contemplaba fijamente.
Y tal vez llegó a leer lo que en su corazón pasaba, porque le dijo al par que la estrechaba cariñosamente entre sus brazos:
—Hija mía, para tranquilidad de tu conciencia, basta solamente que reflexiones que has seguido los consejos de tu padre, y un padre sólo apetece el bien de sus hijos.
XIX
La fuerza y la astucia.