—¡Si estaré yo loco!
Y experimentó un tremendo dolor de cabeza. ¿Qué era aquello? Hizo un esfuerzo Baselga para volver en sí, y cuando adquirió cierta serenidad, encontróse que estaba golpeándose furiosamente la cabeza contra las paredes.
Otra vez volvió el mismo pensamiento a surgir en su cerebro, dándole razonables consejos.
—Si sigues entregándote a tu desesperación, si te golpeas, creerán fundadamente que estás loco. Modérate, ten calma.
Había en aquellos instantes en el interior de Baselga dos seres distintos. Uno, sensato, que aconsejaba y veía claramente la situación; otro, irascible, indignado, furioso, que ansiaba sangre y destrucción.
Los músculos, la sangre, los nervios, el organismo entero, se iba detrás del último, y obedecía todos sus mandatos.
—Detente, espera, no pierdas la calma—gritaba la eterna idea en el interior del cerebro del conde. Y, sin embargo, el desgraciado gritaba, aullaba de furor, daba puñetazos en las paredes, se arrojaba con la cabeza baja a embestir la puerta, se destrozaba la ropa, se arañaba la cara, se mordía las manos, y, al fin, se arrojó en el centro de la habitación, revolcándose, agitado por terribles convulsiones.
Su ronca voz no cesaba de gritar, alternando las palabras con aullidos de fiera. Pedía por centésima vez a los canallas de afuera que le abrieran la puerta, y en algunos momentos se creía estar luchando con el padre Claudio, y como si le asestara terribles puñetazos, se golpeaba el rostro, hasta hacerse sangre.
Su cuerpo rodaba sobre el pavimento, como una informe y gigantesca masa, derribando las sillas y dejando tras sí pedazos de su traje, rasgado por terribles zarpadas, y si alguna vez se incorporaba era para dejarse caer con mayor furia, golpeando con rabiosa saña su magullado rostro contra los fríos baldosines.
Esta terrible escena duró más de diez minutos, y al fin las fuerzas de Baselga, con ser tan grandes, se agotaron, y dejó caer su cuerpo inerte.