Las ideas del conde giraban invariablemente dentro del mismo círculo, y después de una vuelta vertiginosa, venían a parar al punto de partida: a la necesidad de permanecer tranquilo. Pero en una de las vueltas de su cerebro, salió al paso, y se introdujo en la incesante ronda de sus ideas, el recuerdo de sus hijos, de Enriqueta y de Ricardo, de aquellos seres inocentes y desgraciados, a quienes él veía ahora acechados por la negra traición, tímidos e incautos insectos, que iban a caer en la red de la sombría araña, en aquella red que había aprisionado a su razón, y que de un hombre fuerte e independiente había hecho un guiñapo humano, arrojándolo, sin compasión, al fondo de un manicomio.
La figura del padre Claudio apareció en la imaginación de Baselga, irónica, sonriente y como complaciéndose en burlarse de su desesperación.
¡Oh, rabia! Estar encerrado..., no poder vengarse... Y el conde se llevó la crispada mano a la frente. Necesitaba arañar algo.
Iba, sin duda, a reproducirse la crisis de furor. Pero la voz misteriosa debió hablar otra vez bajo el cráneo, y la mano cayó desmayada a lo largo del tronco, chocando con un objeto duro.
Baselga palpó instintivamente el objeto que había detenido su mano, y sacó del bolsillo derecho del chaleco la pequeña y brillante pistola que había tomado en su casa, a ruegos del padre Claudio.
Como si el brillo de los niquelados cañones le produjeran un principio de hipnotismo, estuvo mirándola fijamente bastante tiempo. Su frente se contraía como si en el interior le punzara algún terrible pensamiento; sonrió dos o tres veces con frialdad, y su voz murmuró muy quedamente:
—¿Y por qué no...?
Movió la pistola, levantó el gatillo, miró las dos negras bocas de sus cañones, siempre con la misma sonrisa de frialdad; pero de repente hizo un movimiento de sorpresa horrible, como el que despierta al borde de un precipicio, y se apresuró a dejar la terrible arma sobre la mesa.
Había hablado otra vez su buen sentido, y comprendía la terrible revelación que encerraba aquel hallazgo.
—Quieren mi muerte—pensaba—, por eso el padre Claudio mostraba tanto empeño en que me llevara la pistola. El sabía bien adónde me conducían.