¿Por qué? Porque no quería proporcionar a sus enemigos el placer de su muerte; porque tenía en el mundo dos seres inocentes por quienes velar... Pero, ¡Dios mío! ¡Qué lucha tan terrible!

Apenas pensaba esto, la funesta idea se revolvía indignada, echándose en cara su cobardía, y pintándole el porvenir con los más sombríos colores. ¡Y qué! Si vivía, ¿evitaría con esto el permanecer hasta el instante de su muerte encerrado en aquella casa, sumido en una horrible degradación, y convirtiéndose en loco lentamente, por el contagio moral con los otros enajenados? ¿Acaso conservando su vida podría acudir en auxilio de sus hijos?

Sus enemigos habían sido más hábiles que él, y le habían muerto moralmente. Ya que su razón había muerto, ¿por qué no anular aquella mísera envoltura, aquel cuerpo destinado a rugir, poseído de delirante indignación, y a agitarse con las más violentas convulsiones?

El diabólico pensamiento seguía aconsejándole, al par que le inspiraba tales reflexiones.

Había que apresurarse, si quería aprovechar la ocasión. No tardaría en llegar el doctor Zarzoso; le someterían entonces a un registro antes de llevarlo a la nueva celda; le quitarían su pistola, y con ella toda esperanza de eterna emancipación: si quería matarse, tendría que estrellar su cabeza contra la pared.

Baselga pensaba en la muerte con una calma sobrehumana. El mismo sentía asombro ante aquella tranquilidad absoluta que le poseía.

—Atrévete; éste es el momento. No vaciles, porque después, será tarde.

El conde se sorprendió, hablando en alta voz:

—Acabemos—murmuraba—, sufro mucho.

Y su imaginación se recreaba en considerar la calma absoluta, el descanso eterno que le aguardaba en la tumba. Un supremo egoísmo le embargaba, y el recuerdo de sus hijos era ya para él un grupo de pálidas figuras, sin contorno ni expresión, que no lograba conmoverle.