El jesuíta hizo un gesto de ira ante este brusco ataque. Sus facciones se colorearon, lució en sus ojos un fugaz relámpago de ira y fué a contestar en tono aún más duro, pero se detuvo, y volviendo a adoptar su actitud dulce y humilde, dijo con mansedumbre:
—Piense usted cuanto quiera de malo, que yo le perdono. Humilde siervo soy del Señor y las injurias van siempre muy bajas para que toquen en mi corazón, puesto a todas horas en Dios. No guardo rencor a los que me atacan, pues me basta con la satisfacción de mi conciencia tranquila. Ya lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir. Yo no tengo con la familia Baselga otras relaciones que una amistad puramente espiritual. En otros tiempos confesaba a la baronesa, y ahora me limito a darla algún consejo sobre la dirección de su conciencia, siempre que me lo pide. A Enriqueta la considero como una niña, y apenas si mi amistad con ella pasa de ese cariño que tenemos siempre a las personas que hemos visto nacer. Nunca me he mezclado en el asunto de su vocación religiosa, y si sabía antes de esta conversación que tenía amores con un militar, fué porque ayer me lo dijo doña Fernanda en una conferencia que tuve sobre la creación de una nueva asociación religiosa.
—¿Y no tiene usted arte ni parte en la tal cartita?—preguntó sarcásticamente el militar.
—No, señor. Se lo aseguro a usted con todo mi corazón.
El padre Claudio, tan acostumbrado a mentir, cuando le tocaba afirmar por casualidad una cosa cierta, sabía hacerlo con un acento que no daba lugar a dudas. Por esto Alvarez se convenció de que en la tal carta no tenía participación el jesuíta.
—Lo creo—continuó—; pero si el rompimiento de mis relaciones no es obra de usted, la preparación sí que será debida a sus consejos. Esa idea de hacer monja a Enriqueta, la reconozco; es producto de los consejos jesuíticos. Doña Fernanda la defiende, y por tanto no es aventurado afirmar que es idea del padre Claudio.
—¡Dios mío! Me marea usted con sus sospechas. ¿Y qué empeño he de tener yo en hacer monja a una muchacha que ha tenido novio hace pocos días?
Alvarez sonrió, y dijo con sorna:
—Vamos, padre Claudio, que el meter unos cuantos millones de pesetas en las arcas de la Orden sería un buen golpecito.
El padre Claudio perdió su aplomo. Experimentó la misma impresión de ira que poco antes, pero esta vez no se detuvo, y mirando fijamente al joven, dijo recalcando las palabras: