Por algunos momentos permanecieron silenciosos confesor y penitente, y, al fin, el padre Claudio, como arrancándose de una grave meditación, dijo a Enriqueta:

—Es preciso, hija mía, que te decidas; que tomes una resolución y sepas sostenerla con energía. Ahora es tiempo para escoger el porvenir. Estás en el cruce de dos caminos: el del cielo y el del infierno. Si eres débil, si te sientes seducida por las míseras pompas terrenales, si ocultas tu escasa fe, diciendo que quieres obedecer a un padre que tiene tendencia a la impiedad, entonces toma el camino del infierno; pero si quieres ir al cielo, sacrifica el mísero cuerpo, renuncia para siempre a los goces de la materia, guarda un alma virgen en un cuerpo intacto, huye de la maldita sociedad y enciérrate en un convento, lugar seguro, donde se alcanza la vida eterna. ¿Por quién te decides? ¿Por Dios o por el demonio?

—Por Dios, padre mío; yo amo a Dios sobre todas las cosas, como manda el catecismo.

—Muy bien, hija mía. Ama al Señor, que él te recompensará con creces. ¿No olvidarás esta resolución? ¿No sentirás flaqueza de ánimo?

—No, padre mío. Estoy resuelta.

—Por si algún día te tienta el diablo con los esplendores del mundo, pretendiendo apartarte de la buena senda, piensa que esta existencia que arrastramos es cosa débil y efímera, que a los ojos de la eternidad tiene tanta duración como el fugaz relámpago ante nuestros ojos. ¿Qué es la vida? Unas cuantas docenas de años, que la criatura humana malgasta en satisfacer su ambición o en apagar su sed de placeres, sin pensar en ponerse bien con Dios, ni menos en que más allá de la tumba está la verdadera vida, la que no acaba nunca, la existencia eterna, y que lo que aquí hacemos sirve para estar por los siglos de los siglos nadando en un piélago de felicidad celeste o sumido en un infierno de horrores. Mira a esas mismas mujeres que te rodean en los salones y que se llaman tus amigas. Son honradas, no lo dudo: cumplen sus deberes de esposas, hermanas e hijas: no hacen mal, al menos con deliberada intención: pero viven totalmente olvidadas de Dios, y no piensan un solo instante en poner bien su alma para el día en que les sorprenda la muerte. No piensan más que en el presente, no lanzan una sola mirada al porvenir: su dios es la moda: su devoción, el amor: sus oraciones, estúpidos y dulzones galanteos, e ignoran, ¡oh, desgraciadas!, que llegará el día de la ira, el día de la desolación, en que el Señor juzgará a los buenos y a los malos, a los que le han amado y a los que le han desconocido, y entonces esas carnes, ahora tan cuidadas y frescas, chirriarán al contacto del infernal fuego: sus blondos cabellos se convertirán en ondulante corona de azuladas llamas: sentirán en el pecho una angustia enloquecedora, y para apagar su inmensa sed sólo tendrán sus amargas lágrimas. Ya los alegres violines del baile o del teatro no las arrullarán con sus gratos sonidos: gritos de agonía, espantosas maldiciones, rugidos de dolor, llegarán a sus oídos, como horrísono concierto de los desesperados réprobos; y danzarán sin tregua ni descanso, pero no será como ahora, por puro placer, sino para librar sus pies de las enrojecidas brasas, de los viscosos monstruos, de los agudos puñales que forman el pavimento del infierno. ¡Ah, infelices los que ahora se divierten unos cuantos años, para vivir agonizando durante una eternidad!

Conocía perfectamente el jesuíta el carácter de la joven, y sabía manejar a su placer aquella viva imaginación, por la que pasaban las ideas atropelladamente, aunque detallándose y tomando el relieve de los hechos reales.

Aquella peroración de tonos apocalípticos era para Enriqueta una especie de linterna mágica, cuyos cuadros la aterraban. Ella, con los ojos de la imaginación, veía a Dios iracundo, ofendido y deseoso de venganza, arrojando las almas en el infierno, y sobre el suelo, tapizado de monstruos y brasas, por entre las crepitantes y azules llamas, distinguía a todas sus compañeras, las flores de la aristocracia madrileña, desnudas y chamuscadas, apestando a grasa quemada y arrojando raudales de lágrimas por los ojos, implorando en vano la misericordia divina y lanzando lamentos de loca desesperación.

No, ella no quería verse así; no quería ir al infierno; deseaba ser esposa de Jesús, y llevada del religioso egoísmo, propio de las visionarias, se prometía no dejarse tentar más tiempo por las seducciones mundanas, renunciar al amor y desobedecer a su padre, si es que éste se oponía a que entrara en un convento, impidiéndola que salvara su alma.

Pero, ¿qué era aquello que con tono tan agradable resonaba en su oído? ¿De dónde procedía una armonía tan deliciosa? Era el padre Claudio, que seguía hablando; pero su acento enérgico y aterrador había tomado una entonación dulce y meliflua.