Envió al portero a la casa residencia de los jesuítas, con una esquela en que rogaba al padre Claudio pasase a verla cuanto antes, y a su director espiritual, el padre Felipe, le comunicó cuanto ocurría en aquella misma tarde, pues no podía contener más tiempo la extrañeza producida por tan inesperados sucesos.

Estaba la baronesa muy ocupada en comentar con su director espiritual aquellas misteriosas maquinaciones de su padre, cuando entró la doncella, a quien doña Fernanda había encargado que espiara todos los actos del conde.

—¡Señora, señora!—dijo apresuradamente la joven—. El señor ha bajado hace un rato a las cuadras y ha hecho desocupar el cuarto del forraje.

—¡Bien! ¿Y qué?—contestó la baronesa, no comprendiendo que tal noticia pudiera causar tanto azoramiento.

—Que acaban de llegar dos carros con unos cajones muy pesados, y a fuerza de muchos brazos acaban de colocarlos en el depósito del forraje.

—¿Y qué contienen los cajones?

—Agustín el cochero, que ha ayudado a colocarlos y ha hablado con los mozos, acaba de decirme que tienen dentro carabinas.

—Será una broma—dijo la baronesa palideciendo.

—No, señora. Yo he oído el ruido de los cajones al descargarlos, y aseguro a la señora que contienen objetos de hierro. Indudablemente son armas.

La baronesa y su amigo se miraron asombrados, haciéndose mudamente la misma pregunta. ¿Para qué serían aquellas armas?