El padre Claudio adivinó, con su natural perspicacia, lo que pensaba aquel ser tan supeditado a su voluntad, y seguro ya de su obediencia siguió adelante.

Habló a la baronesa de la necesidad en que estaba de prevenir los peligros que pudiera ocasionar la locura de su padre, y le pintó con sombríos colores cuál iba a ser la suerte de éste, si permanecía libre, como hasta el presente.

—Tú no llegas a imaginarte lo peligroso que es para su familia, y hasta para su propia persona, un loco dominado por tan extraña manía como la del conde. Hasta la paz de la nación peligra, si tu padre permanece, como hasta el día, dueño por completo de sus acciones. Figúrate que mañana mismo, tenaz en su idea de que el doctor O’Conell es un capitán que le ayuda dentro de la plaza de Gibraltar, se le ocurre valerse de sus armas y de esos hombres que ha reunido, y se dirige a la posesión inglesa, intentando entrar en ella en son de guerra. Las autoridades británicas, que no reparan gran cosa en apreciar locuras, lo ahorcarán, indudablemente, en tal caso, y todo el mundo te señalaría a ti como responsable de tan afrentosa muerte, pues, conociendo a tiempo su locura, no habías evitado sus consecuencias.

—¡Jesús!—exclamó la baronesa con afectado horror, tapándose el rostro con las manos.

—Vamos, hija mía; hay que tener presencia de ánimo y no entregarse al dolor. Hoy aún estamos a tiempo para evitar tales horrores, si es que tú tienes la suficiente firmeza para adoptar una resolución que ponga en seguro la existencia de tu padre y la paz de esta casa.

—¡Oh, diga usted, reverendo padre! ¿Qué debo hacer?

—Ante todo hay que buscar a varios doctores de reconocida capacidad, para que celebren una consulta sobre la salud del conde, y enterados suficientemente de sus nuevas costumbres y extrañas ideas, digan si está loco o no.

—Estoy dispuesto a ello, y llamaré a los doctores que usted me indique.

—Basta con que llames a uno; los otros los convocará el doctor Peláez, que puede apreciar mejor que nosotros el mérito de sus compañeros de Facultad.

—¿A quién tengo que llamar yo?