—En adelante—continuó el capitán—has de considerarla como tu dueña y obedecerla en todo.
—Está bien, mi capitán—contestó Perico con la misma expresión que si recibiera una orden en el cuartel.
Salió el asistente muy preocupado por aquel inesperado suceso, y calculando únicamente la parte que le haría perder en el afecto de su amo aquel ser que se introducía en la inquebrantable sociedad formada por el señor y el criado.
El capitán sirvió a Enriqueta una copa de Jerez, en la que la joven apenas si mojó más de un bizcocho.
Pasada ya la primera impresión, la grata novedad que en su ánimo había producido la presencia del hombre amado y aquella intimidad protectora, volvían a su memoria los tristes recuerdos, y el suicidio de su padre la obsesionaba de nuevo, haciéndola en ciertos momentos arrepentirse de su audaz resolución.
Alvarez la veía palidecer y cómo de su rostro desaparecía aquella animación que tanto la hermoseaba poco antes.
—¿Qué tienes, vida mía?—preguntaba con ansiedad—.¿Por qué esa tristeza?
Pero Enriqueta, con la cabeza inclinada, negábase a responder, y, por fin, comenzó a llorar.
Aquel llanto desconcertó al capitán.
—Pero, ¿qué te ocurre?—preguntó con angustia—.¿Te incomoda algo? ¿He podido yo ofenderte?