Examinólo atentamente el diputado, y, cuando lo tuvo cerca, convencióse de que no era Alvarez, por lo cual se apartó para dejarle franco el paso; pero, con gran extrañeza, vió que aquel desconocido se dirigía rectamente a él.

Quirós, temiendo que un importuno viniera a estorbar su asunto, intentó evadirse, pasando a la otra acera; pero antes de que pusiera el pie en el arroyo, ya tenía a su lado a aquel hombre.

Tuvo entonces que mirarlo, y vió que era un hombre joven, de rostro enérgico, que acercó su boca para hablarle, lanzándole a las narices su resuello, que olía a vino.

Parecióle a Quirós un extranjero importuno, perturbado por el alcohol madrileño y dispuesto a incomodar con sus palabras al primer transeúnte que encontrase.

—“Cabagerro”...—dijo tartamudeando, y con pronunciación extranjera y dificultosa—. “Decirme osté ou est la Port del Sol.”

Quirós se impacientó al verse detenido por aquel francés borracho, que le cortaba el paso y parecía dispuesto a entretenerle con su charla.

Su primer impulso fué enviar al extranjero enhoramala; pero aquel buen mozo parecía adivinar su pensamiento y se asía familiarmente a sus solapas de piel repitiendo siempre con aquella voz dificultosa, que olía a vino:

—“La Port du Sol, cabagerro... Diga osté ou est la Port du Sol.”

Quirós se sentía cada vez más impaciente por la pesadez de aquel borracho, que no quería soltarle, y que oía sus explicaciones sin comprenderlas, volviendo nuevamente a hacer la misma pregunta.

En vano le marcaba el diputado a aquel ebrio francés la ruta que debía seguir para llegar a aquella “Port du Sol”, que repetía como un pesado estribillo, pues el maldito se empeñaba en no comprender, y, siempre, agarrado a las solapas del rico gabán, se estaba allí plantado, zarandeando a Quirós, que algunos momentos sintióse dominado por la cólera y estuvo próximo a dar una bofetada a aquel importuno.