Pero aquel afecto tenía también sus inconvenientes, y de éstos, el más principal era que doña Fernanda, con su genio arrebatado, había venido a convertirse para él en una especie de amante moral, que se mostraba celosa y quería tenerlo a todas horas a su disposición.
La vida agitada que llevaba Quirós, entregado de lleno a la política y al periodismo, irritaba a la baronesa, que no podía acostumbrarse a la idea de que el elocuente diputado volviera a casa todas las madrugadas a las cuatro, por estar hasta tal hora en la Redacción, después de la salida del teatro.
Además, pronto vinieran unas traidoras noticias a exacerbar la bilis de la baronesa. Interesábala tanto su cuñado, cada vez más reacio a conferenciar con ella y a pedirla humildemente consejos, que se dedicó a averiguar la vida que hacía, y pronto supo, por boca de unas amigas de la aristocracia, cosas que, según ella decía, poníanle los pelos de punta.
Quirós hacía el amor, o estaba en relaciones poco santas (existían diversos pareceres en las noticieras), con una duquesa vieja, que gozaba de gran fama por su estrecha amistad con la reina, y su gran prestigio político, y, además, pasaba algunas noches con algunos chicos de las principales familias, haciendo locuras en compañía de algunas coristas y bailarinas del Real.
Doña Fernanda sintió un santo horror al saber tales cosas; mas no por esto el diputado de la buena causa perdió en su concepto; antes bien, pareció que adquiría un nuevo prestigio a los ojos de la baronesa, pues en ésta, a pesar de toda su mojigatería, los calaveras siempre habían producido cierta atracción.
Pero, a pesar de esta complacencia, sentía amargo despecho al ver a Quirós en relaciones con una mujer como la duquesa, dedicada a la política, y considerando que era su protección lo que buscaba en ella el diputado, experimentaba gran indignación al imaginarse que algún día Joaquinito llegaría a ser célebre, no por sus consejos, sino por la ayuda de aquella vieja rival.
Tan furiosa estaba doña Fernanda, y tal deseo sentía de recobrar su superioridad sobre aquel futuro personaje, que, ansiosa por hacerlo volver a la buena senda, llegó a cometer la tontería de revelárselo todo a Enriqueta.
Doña Fernanda, a pesar de su afición a curiosear y de su perspicacia, ignoraba el verdadero estado de los dos esposos.
Creía que éstos constituían uno de los tantos matrimonios aristocráticos, que se tratan con frialdad; pero estaba lejos de imaginarse que entre los dos no había mediado la menor intimidad cariñosa, y que el dormitorio de Enriqueta había sido siempre para Quirós una región desconocida.
En la creencia, pues, de que su hermana, aunque falta de amor hacia su esposo, no dejaría de irritarse por sus infidelidades, y pondría en juego todos sus derechos para separarlo de la duquesa, y volverlo a la vida del hogar, reveló a Enriqueta todo cuanto sabía, aunque dando a sus palabras un carácter desinteresado, propio de quien hace tan penosas declaraciones por el honor de la familia y por restablecer la paz y la moralidad en el seno de un matrimonio.