—¿Qué hace usted aquí, hija mía?—la gritó—. Adentro en seguida, que va a haber tiros. Los artilleros del cuartel de San Gil se han sublevado contra la reina, y Madrid está que arde. Escóndase, que la sarracina va a ser gorda.
Y el anciano fué a seguir su marcha; pero aún se detuvo, como cediendo a una necesidad interna de desahogar su pensamiento.
—Pero, ¿ha visto usted, Enriqueta, lo que acaba de hacer esa gente? El diablo son esos descamisados y los escritores boquirrubios que les levantan los cascos... ¡Lástima de valientes! Crea usted que me remuerde la conciencia de tener que ametrallar a una gente que así procede.
Sonaron a lo lejos nuevas y más fuertes descargas, y el general siguió su camino apresuradamente, sin despedirse de Enriqueta.
Mientras tanto, el grupo revolucionario continuaba su marcha, y las dormidas gentes despertaban con gritos inesperados.
—¡Abajo los Borbones! ¡Viva la libertad!
X
El 22 de junio.
Comenzaba a clarear el alba, y los centinelas del cuartel de la Montaña paseaban por las terrazas, para librarse del entumecimiento que produce el frío del amanecer.
En el vasto edificio militar reinaba un silencio absoluto, y únicamente las ventanas del cuarto de banderas estaban iluminadas, sin duda porque en tal habitación se hallaban aún despiertos y vigilantes los oficiales de guardia.