Enriqueta se irguió loca y llevando en sus ojos una extraña luz. Parecía una mujer fenicia, poseída de la lujuriosa demencia de las fiestas de Adonis.
Alvarez seguía en el fondo de la habitación, en actitud suplicante.
La voz trémula de Enriqueta le sacó de tal situación.
—Ven, alma mía. ¿Para qué resistir?... Ya que el mundo ha de hablar, que sea verdad.
Esteban corrió a ella.
¡Descansad en paz, juramentos de respeto! Ahora podían hablar ya las lenguas maldicientes, seguras de que, por mucho que dijeran, ni Enriqueta ni Esteban las desmentirían.
XXIX
Los planes de Quirós.
A las diez de la noche salió Joaquinito Quirós del Ministerio de la Gobernación.
Había esperado al ministro más de dos horas, por estar éste reunido con sus compañeros en Palacio, y cuando al fin llegó, retuvo al joven escritor católico otra hora larga, haciéndole que repitiera varias veces la delación, como si temiera que algún detalle importante quedase olvidado.