Este hizo un gesto de extrañeza, como preguntando qué era lo otro. La baronesa le comprendió.

—¡Cómo! ¿Usted no sabe lo ocurrido aquí esta noche? Pero, ¡Dios mío, cuán loca soy! Usted no puede saberlo, pues ninguno de mis amigos, ni aun el padre Claudio, tiene noticia de lo sucedido.

—Pero, ¿qué ocurre, baronesa? ¿Otra desgracia, después de la muerte del conde?

—Sí, Joaquinito. Mi hermana Enriqueta ha huído de casa esta misma noche.

Quirós aún quedó más asombrado al escuchar aquello que al saber el suicidio del conde.

Le resultaba el mayor de los absurdos la fuga de aquella joven tan humilde y recatada, que él consideraba poco menos que tonta.

El inesperado suceso dejó absorto por mucho rato al joven, que vió por el suelo sus más risueñas ilusiones. Después de esto resultaba imposible aquel magnífico proyecto de casamiento que le había de hacer rico y poderoso.

—¡Pero, baronesa! ¿Cómo ha sido eso?—preguntó Quirós, cuando se repuso de aquella primera impresión.

—¡Dios mío! ¡Si yo misma no puedo explicármelo! ¿Quién había de esperar semejante cosa de Enriqueta? Yo no puedo comprender qué idea ha enloquecido a esa muchacha hasta el punto de hacerla abandonar su casa.

—¿Sabe Enriqueta la muerte de su padre?