—Mucho ha tardado usted, Joaquinito—siguió diciendo la baronesa con precipitación—; pero aún es tiempo. Sobre todo, no se entretenga usted. Piense que la honra de mi hermana va en ello. ¡Dios mío! ¡Cuánto agradeceré a usted cuanto haga en esta ocasión!

Quirós, que aún se sentía turbado por aquella inesperada noticia, no pudo menos de fijarse en lo mucho que aumentaría la simpatía de la baronesa hacia él si lograba devolverle a su hermana.

Además, por egoísmo, le interesaba mezclarse en aquel asunto. Si Enriqueta era de otro, todos sus más hermosos planes, que le hacían entrever un porvenir de grandezas, caerían inmediatamente, faltos de base.

El joven estaba resuelto a hacer cuanto le mandara la baronesa, y así se lo manifestó, con entusiasmo teatral.

—Pues bien—dijo doña Fernanda—, corra usted inmediatamente a casa de ese capitán, donde indudablemente se encuentra mi hermana, y tráigala usted, sin reparar en medios. No vacile usted si ha de emplear la fuerza; ya sabe usted que tenemos buenos amigos.

—Está bien, baronesa. Voy allá inmediatamente. Pero, ¿dónde vive ese capitán?

Doña Fernanda hizo un cómico gesto de admiración.

—¡Dios mío! ¡Cuán loca soy!... Pues no lo sé. Olvidaba que ignoro dónde vive el tal capitán.

—Esto no fuera obstáculo si el asunto no fuese tan urgente y tuviéramos más tiempo; pero conviene encontrar a Enriqueta antes del nuevo día, y esto es imposible, no sabiendo el lugar donde se encuentra. ¡Si usted pudiera proporcionarme algún otro detalle! Por ejemplo, ¿cuál es el nombre de ese capitán?

—¡Oh, eso sí que lo sé! Permítame que lo recuerde. Le llaman... ¡ah!, ya me acuerdo. Le llaman Esteban Alvarez.