Alvarez levantó la cabeza con cierta alarma, instintivamente puso su mano sobre los papeles, y gritó enérgicamente:

—¿Quién va?

—Soy yo, mi capitán—contestó la voz algo bronca de Perico, su asistente—. Ahí fuera le buscan a usted.

—¿Quién es?

—Una señora vestida de negro.

—¿La conoces?

—No, mi capitán. Lleva el velo echado a la cara. Dice que le es muy urgente hablar con usted.

—Déjala pasar.

Y el capitán se levantó a abrir la puerta, volviendo después a su mesa para ocultar las copias bajo un montón de libros.

—Pase usted, señora—dijo el asistente—. En esa habitación está el capitán.