—Yo lo sé todo—contestó Tomasa, interrumpiéndole—. Dime al momento dónde están.

—En su cuarto, tía.

—Pues llamémosles inmediatamente.

Y la vieja y su sobrino encamináronse a la habitación del capitán, cuya puerta golpearon repetidas veces.

Reinaba un silencio absoluto en el interior del cuarto, y la mortecina luz del quinqué apenas si lograba disipar la densidad de aquella nebulosa atmósfera que lo envolvía todo en espesa penumbra.

Después de golpear muchas veces la puerta y de llamar Perico a su señor, éste se levantó, abriendo aquélla, aunque cuidándose de obstruir con su cuerpo la entrada.

Al ver el capitán a la vieja aragonesa, experimentó una sorpresa aún mayor que su asistente.

—¡Tomasa! ¡Usted aquí!—dijo avergonzado.

—Sí; aquí estoy. ¿Dónde está la señorita?

No necesitaba hacer tal pregunta, pues dentro sonó un suspiro ahogado y el ruido de un cuerpo al caer sobre la cama.