Y seguida de Quirós, entró en el cuarto del capitán.

Enriqueta, al ver al amigo y confidente de su hermana, apenas si hizo el menor ademán de sorpresa.

Estaba tan quebrantada por su dolor y su remordimiento, que ningún suceso podía herir vivamente su inteligencia, que parecía embotada y dormida por la desgracia.

Tomasa, vuelta de espaldas, y mientras se escondía aquel fajo de comprometedores papeles en el pecho, relataba en breves palabras a su señorita el peligro que amenazaba a Alvarez y la necesidad en que éste se había visto de huír, pero la vieja doméstica no estaba muy segura de que Enriqueta la entendiese, según se mostraba de fría e indiferente.

Quirós presenciaba silencioso la escena, y se decía que aquella muchacha era una idiota rematada.

Unicamente cuando Tomasa, acabando de acomodarse los papeles sobre el pecho, le repitió la necesidad que había de huír de allí cuanto antes, aquella mujer, que parecía una muñeca con sus ojazos brillantes y fríos, fijos, sin expresión alguna, en el suelo, dió muestras de pensar y entender, levantándose inmediatamente del asiento y colocándose el velo, que aún estaba sobre una silla, tal como ella lo había dejado algunas horas antes.

—Ya estamos arregladas, don Joaquín—dijo la aragonesa, acabando de cruzarse la mantilla sobre el pecho—. Ahora, en marcha.

—Salga usted antes, señora Tomasa—contestó Quirós—, pues usted es la más comprometida por llevar esos papeles. Ya sabe usted dónde nos juntaremos.

—Hasta luego, señorita—dijo la vieja, besando a Enriqueta—. Tenga usted confianza en don Joaquín, que es un buen amigo, y todo cuanto hace es únicamente en bien de usted y de don Esteban.

Se fué la vieja, y Jos dos jóvenes permanecieron algunos minutos en aquel cuarto, completamente solos y en el más absoluto silencio, hasta que, por fin, dijo Quirós: