—Obedezco inmediatamente a vuestra paternidad—dijo Quirós, disponiéndose a salir—. Pero antes quisiera saber si quedamos amigos o enemigos.

—Vaya usted; cumpla lo que le he dicho, y de su negocio ya hablaremos más adelante.

Quirós adoptó una entonación zalamera:

—Vamos, padrecito; una palabra nada más, y me voy. ¿Puedo contar con su afecto y su protección?

—Veremos; ya se hablará de ello.

—Pero, ¿qué inconveniente tiene usted en transigir? Es verdad que yo puedo hacerme dueño de los millones de Enriqueta, pero siempre me tendrá a sus órdenes; y un agente rico y poderoso vale más que un pelagatos como hoy soy yo. Además—añadió el joven guiñando un ojo—, siempre le quedan a usted los millones de Ricardito, mi futuro cuñado, a quien usted trabaja hábilmente para enfardarlo en la sotana de la Compañía.

El padre Claudio sonrió forzadamente, murmurando:

—¡Pero qué gracioso es este canalla!

—Honro a mi maestro.

Y Quirós, después de decir esto, haciendo una reverencia, salió del despacho.