Y el acento con que Alvarez decía estas palabras, era todo un poema de tristeza. ¡Quién sabe las aventuras, las empresas abortadas con riesgo de la vida y las audaces comisiones que habrían constituído la existencia azarosa y novelesca de Esteban Alvarez en aquellos años de ausencia!

—Tú, en cambio—continuó—, no debes haber sufrido. Te casaste y eres feliz, porque de otro modo, no comprendo cómo te decidiste a unirte con un hombre que no amabas. ¡Oh! No te alteres por esto que te digo; no vayas a llorar. Te engañas si crees que abrigo algún resentimiento contra ti. Todo pasó ya, y en las cosas que no tienen remedio, lo mejor es no hablar de ellas.

Enriqueta lloraba al oir expresarse de tal modo a su antiguo amante.

—¡Oh! ¡Si supieras!...—murmuró—. ¡Si supieras todo lo sucedido desde aquella noche en que me abandonaste para ponerte en salvo! ¡Si conocieras todos mis sufrimientos desde entonces!

—Enriqueta, yo lo sé todo.

—¿Tú?—preguntó con extrañeza la joven.

—Sí, yo; allá en la triste emigración procuré enterarme de tu suerte, y supe que ese... señor Quirós había fingido ser tu raptor, logrando casarse mediante tan villana estratagema. Esto me hizo comprender tu conducta, que no quiero calificar. Para que él apareciera como tu raptor en aquella terrible noche, preciso es que tú accedieras a todo; que afirmaras cuanto él dijera, y esto, Enriqueta, me ha producido aún mayor dolor que la consideración de que ahora eres de otro. Esto me ha enseñado, para siempre, la fuerza que el juramento tiene en los labios de mujeres.

La joven, que de vez en cuando se llevaba su pañuelo a los ojos para secar las lágrimas, no protestó al escuchar las últimas palabras, y únicamente dijo con ansiedad:

—¿Y no sabes más?

—Nada más. Sólo de tarde en tarde han llegado hasta mí noticias de tu vida, y éstas siempre confusas. Estando en París, supe tu casamiento; que habías tenido una niña y que tu marido iba en camino de ser un personaje de estos que ahora se usan; pero estas fueron las únicas noticias. Te escribí varias veces, y en vista de tu silencio, decidíme a hacer lo mismo. Aunque entonces todavía eras soltera, comprendía que, o interceptaban las cartas, o tú no querías saber más de mí. Esto último era lo más probable. Es poco grato amar a un hombre perseguido por el Gobierno, sentenciado a muerte y que se halla en extranjero suelo.