El sería jesuíta como el santo italiano, vestiría la sotana de la Orden, y olvidando que había nacido rico haría acto de perpetua pobreza, entregando su fortuna a la Compañía, para que la distribuyese entre los necesitados.
Este rasgo sabía él que sublimaría toda su existencia, y le daría el verdadero carácter de santo.
Muchas veces el padre Claudio había dicho en su presencia que nada era tan grato a los ojos de Dios como el sacrificio que hacen los potentados que entran en la Orden, despojándose de sus riquezas.
Cuando llegase el tiempo oportuno, cuando por la edad pudiese disponer del inmenso caudal que le correspondía como heredero de su madre, él sabría llevar a cabo tal rasgo de desprendimiento y se haría célebre en los santos fastos de la Compañía por su santidad, entregando antes todas sus riquezas al padre Claudio, para que éste fuese el administrador de los pobres.
Ricardo estaba resuelto a ser jesuíta; pero una duda cruel martirizaba su cerebro. ¿Le llamaba Dios por tal camino? ¿Merecía él, como el seráfico Luis, vestir la sotana de los hijos de San Ignacio?
Al santo Gonzaga el cielo se había dignado manifestarle que era su voluntad que entrase en la célebre Orden.
Estando en Madrid, en la Corte de Felipe II (según rezaba la vida de San Luis, escrita por el jesuíta Croisset), y cuando aún era un niño, el santo, una mañana, arrodillado ante la Virgen del “Buen Suceso”, escuchó cómo ésta le incitaba con frases cariñosas a que entrase en la Compañía.
Aquél era un elegido de Dios, ya que la celeste madre se dignaba darle consejos; pero él se tenía por un réprobo, por un ser maldito, a causa de sus pecadillos de la primera edad, ya que no escuchaba voces sobrehumanas, ni la dulzura de la Virgen venía a calmar sus terribles zozobras.
Un día notó que dos jesuítas viejos, que entre las gentes del colegio tenían renombre de sabios, a la hora del recreo, en que todos los alumnos se entregaban a los más ruidosos juegos, le contemplaban desde un ángulo del patio, con expresión marcada de lástima, y conversaban después animadamente.
Aquella misma noche vió repetirse iguales gestos en la servidumbre del colegio y en algunos de los alumnos mayores, pero el niño era tan tímido y tenía tal empeño en contrariar todos sus deseos para santificarse, que por no pecar de curioso evitó hacer la más leve pregunta.