El segundo voto fué el de pobreza, y de seguro que a no tener el ánimo perturbado por una educación inspirada en el fanatismo, Ricardo hubiese sonreído al prestar dicho juramento.

¿Dónde estaba la pobreza dentro de la Orden? ¿Dónde las privaciones que aquélla impone? El jesuíta es pobre, nada propio posee; pero la Compañía es inmensamente rica, y tan perfecta es su organización, que ninguno de sus individuos deja de gozar las más envidiables comodidades. El voto de pobreza reducíase a no tener ahorradas algunas monedas en el bolsillo, pero en cambio tampoco había que preocuparse de las necesidades de la vida, pues la administración jesuítica todo lo preparaba y lo tenía previsto. Bastaba ser obediente y sumiso a las órdenes de los superiores, que éstos ya se encargaban de proporcionar todo lo necesario.

Nada importaba no tener dinero propio, pues esto aun ahorraba preocupaciones y disgustos. Cuando sintiera hambre, encontraría siempre una mesa cubierta de las viandas más suculentas y de las frutas más exóticas; en todos los puntos del globo hallaría un techo propio bajo el cual guarecerse, y si sus superiores le ordenaban un viaje, no le faltarían los medios para hacerlo con la mayor comodidad, pues nunca se encuentra a un padre jesuíta en un vagón de tercera clase.

El tercer voto fué de obediencia, y Ricardo lo prestó aun con mayor entusiasmo que los otros dos.

Ser soldado fiel de la Iglesia y del Papado le entusiasmaba, y su misma excitación no le dejaba pensar en la falsedad del voto. Aquella obediencia no era eterna, pues la Compañía le podía expulsar de su seno cuando lo creyese conveniente, o él salir de ella, si tenía razones graves en que fundarse.

El voto resultaba innecesario tanto más cuanto que ya se sabía que dentro de la Orden había que obedecer forzosamente; pero a pesar de esto, Ricardo hizo su juramento sin que decayera su entusiasmo.

Terminada aquella especie de iniciación, Ricardo se sintió otro hombre.

Ya era jesuíta, ya pertenecía a aquella santa Compañía que se le había aparecido siempre como una asociación de bienaventurados, que tenía en su poder las llaves del cielo.

Siguiendo lo dispuesto en las Constituciones de la Orden, Ricardo, después de sus dos años de noviciado pasados en prácticas devotas, había de dedicarse otros dos años a estudios literarios para descansar un tanto el ánimo perturbado por el ascetismo y poner la ilustración como contrapeso a una exagerada piedad.

El joven Baselga dedicóse al estudio de la retórica con el entusiasmo que manifestaba por todo aquello que le ordenaban sus superiores, y experimentó gran placer con la lectura de los clásicos, cuyas obras resultaban para él tesoros de desconocida hermosura.