—Admito también la utilidad de ese valentón de sotana, pero por mucho que usted se esfuerce, no podrá hacerme ver para lo que sirve ese jovencillo melifluo y rubito a quien sorprenden muchas veces mirándose en una vidriera y recitando los parlamentos más amorosos que encuentra en las comedias de Calderón y Lope. Me han dicho que, fuera de la declamación, para la cual tiene facultades, manifiesta un entendimiento romo, y no creo que vuestra paternidad piense organizar con el tiempo una compañía dramática entre los padres jesuítas.

—Ese joven declamador tiene un gran porvenir. Da a su voz, cuando quiere, una dulzura celestial; las más vulgares palabras las emite con entonaciones angelicales, y luego, sus ademanes seducen por su majestad graciosa y sencilla. Mientras viva ha de gozar de tanta fama como Bossuet, y seguramente eclipsará a nuestro padre Luis, que tanta gloría alcanzó este año con sus sermones, escuchados por lo más selecto de Madrid.

—¡Cómo! ¿Quiere hacer vuestra paternidad un predicador de ese mequetrefe? ¿Y el talento? ¡Si dicen que no es capaz de encontrar una idea durante un año entero! ¿Cómo va a ser un orador?

—Le escribirán los sermones y los aprenderá con la misma facilidad con que ahora retiene en la memoria una comedia entera después de leerla dos veces. Podrá no improvisar y verse obligado a decir lo que otro le dicte; pero, en cambio, ¡cuan hermosamente recitará su sermón! Con voz de enamorado, de trovador que entona una serenata, dirigirá las más bellas frases a la Virgen, y su sermón parecerá una declaración de místico amor. Auguro un éxito completo. Desengáñese usted: han pasado los tiempos de la devoción sombría y horripilante; de los templos lóbregos, de las imagines sanguinolentas y de los predicadores apocalípticos, que hacían erizar el pelo a los oyentes. Hoy el catolicismo educado por nosotros gusta de la devoción dulce y sólo acude con placer a nuestras iglesias bonitas, que parecen un lindo juguete al lado de los templos góticos. Causan muy buena impresión nuestras capillas alumbradas con gas, nuestros órganos con su musiquita ligera y casi bailable, y, sobre todo, nuestros predicadores que hablan a un auditorio elegante con la delicadeza de un galán de comedia. Con este sistema de devoción, aristocrático y distinguido, se conquista a la mujer, y quien tiene hoy a las mujeres, querido padre, es dueño ya de todo el mundo. Le aseguro a usted que ese muchacho, el día que recite su primer sermón aprendidito de memoria causará una revolución entre las devotas elegantes, y más de una Magdalena aristocrática, conmovida por aquella cara de niño Jesús y aquella voz tan dulce, llorará sus pasados errores y vendrá a arrojarse a los pies de la Compañía.

En aquel momento, tres hermanos profesos con la cabeza inclinada, los ojos mirando al suelo y los brazos en una santa inercia pasaron por delante de los padres.

El jesuíta italiano los siguió con la vista, y volviéndose de pronto a su superior, dijo con expresión triunfante:

—Ahí va uno que de seguro, será la excepción, pues en el porvenir es difícil que preste a la Compañía ninguna utilidad.

—¿Quién dice usted?

—El que va en medio de los otros dos: el hermano Baselga.

—¡Ah! ¿Ricardo? Pues se engaña usted también.