—Es verdad cuanto dice vuestra reverencia. “Barrer para adentro” y admitir a todos para explotar a cada uno en aquello que valga; he ahí el gran secreto de la Compañía.
—Lo que la hará invencible e inmortal, padre Tomás.
El jesuíta italiano movió la cabeza con desaliento y murmuró, como si estuviera solo:
—¡Qué gran desgracia que el padre Claudio no sea el general de la Compañía! Hombres como él hacen falta al frente de la Orden.
Estas palabras fueron un rudo pinchazo para el poderoso superior. Entusiasmado en la exposición de sus ideas, había llegado a olvidarse de la clase de hombre con quien hablaba; la confianza llegó a dominarle, y cuando menos lo esperaba, aquellas palabras venían a recordarle que tenia a su lado al espía de Roma, al esbirro encargado de adivinar sus pensamientos y sondear su conciencia.
El padre Claudio reconoció que había sido sobradamente cándido y su astuto “socius”, con su fingido entusiasmo, había intentado adormecerlo y arrastrarle a amigables confidencias.
Todo el abandono a que se había entregado el poderoso jesuíta desapareció; púsose en guardia inmediatamente, y lanzando una mirada de indignación al padre Tomás, díjole con acento irritado:
—Le prohibo a usted que use de mi nombre para desearme cosas a las que yo nunca he aspirado. Sólo quiero estar bien con Dios, y los honores del mundo me importan poco.
Luego sonrió y dijo con una expresión de desaliento tan espontánea y natural, que hacía honor a su arte de fingir:
—Soy ya muy viejo. La tumba se abre bajo mis pies, y mal puedo pensar en subir más, yo que nunca he sido ambicioso y que, sin embargo, he llegado a mayor altura que mis merecimientos.