Por esto la lectura de la vida de San Luis, al par que servía para aumentar cada vez más su devoción, causábale un continuo desasosiego y una febril agitación que hacía peligrar su salud.
Aquel niño tímido, dulce y asustadizo, a la edad en que todos cometen mil diabluras con encantadora gracia y nunca piensan en las consecuencias de sus actos, mostrábase sombrío y meditabundo, experimentando tantos remordimientos como el más terrible criminal.
Privábase de comer con la esperanza de alcanzar por medio de ayunos el perdón de aquella culpa, que a él se le figuraba horripilante; no dormía, porque en su estado de perpetua agitación, era imposible conciliar el sueño, y su débil organismo languidecía rápidamente combatido por tantas privaciones.
Hízose aun más misántropo; fué reservado con sus maestros, experimentando un miedo terrible cuando pensaba que éstos podrían descubrir sus pecados de antaño, y contestaba con evasivas a la solicitud de los jesuítas a quienes el padre Claudio tanto recomendaba su cuidado.
Mientras los demás colegiales sólo pensaban en aprovecharse de un descuido para ponerle mazas en el rabo al gato del portero, o en cometer un sin fin de inocentes locuras, aquel niño vivía agitado por una idea eterna:
—¡Si Dios me perdonara mis pecados!... ¡Si la Virgen me hablase como a San Luis!... ¿Cómo he de llegar yo a ser santo?
III
De cómo habló la Virgen a Ricardo.
La exagerada devoción del colegial le hacía mirar con más simpatía el establecimiento donde se educaba que la casa de su padre: y por esto, muy al contrario de todos sus compañeros, miraba con santo horror las vacaciones, porque éstas le arrancaban de aquel vasto edificio en cuyos largos corredores se explayaba su imaginación forjando las más absurdas quimeras y en cuya capilla se entregaba a raptos de desesperación, en vista de que sus delirios místicos no producían eco en el cielo.
El hijo del conde de Baselga iba por buen camino para llegar a sacerdote, y prueba de ello era que comenzaba a adquirir ese horror a la propia familia, ese desprecio a los seres queridos que caracteriza en sus vidas a todos los elegidos de Dios.