Las buenas madres recibieron a la baronesa con grandes muestras de cariño. Sabían el aprecio en que la tenía la alta dirección de la Orden por sus servicios, y acosábanla a todas horas, con esa cortesía pegajosa que las gentes religiosas tributan a los poderosos.
La niña no tenía la edad reglamentaria para ser admitida en el colegio, pero su ingreso fué asunto indiscutible, en gracia de los méritos de su tía, lo que llenó a ésta de gran satisfacción.
Doña Fernanda no ocultó a las religiosas el motivo que la obligaba a llevar su sobrina a aquel retiro, y las fué enterando minuciosamente de la historia de Alvarez y Enriqueta, hablando con tanta franqueza como si estuviera confesando con su director espiritual, y no experimentando ningún rubor en darlas a entender—aunque con términos velados—aquella debilidad de su hermana, que hubiera ella misma desmentido enérgicamente a oírla en boca de otro. La fanática señora sentía tal atracción en presencia de toda persona dedicada a la religión, y en especial si pertenecía a la Compañía de Jesús, que no vacilaba en revelar los mismos secretos que después la ruborizaban o lastimaban su orgullo al recordarlos a solas.
Ella les decía todo aquello a las buenas madres para que viviesen prevenidas y alerta, no dejándose sorprender por el infame Alvarez. No sabían ellas bien qué clase de hombre era éste. Si llegaba a apercibirse de que la niña estaba allí, era aquel descamisado muy capaz de pegarle fuego al colegio para robar a María.
Y la baronesa iba amontonando cuantos detalles horribles la sugería su imaginación, para hacer el retrato de su enemigo, asustando al mismo tiempo a aquellas religiosas francesas, que se figuraban al revolucionario como un monstruo apocalíptico, capaz de engullírselas a todas.
La niña, con todo el valioso y abundante ajuar comprado por la baronesa, quedó mezclada entre más de cien niñas y encerrada en aquel gran caserón de bonitas rejas y muros de un gris claro que estaba al extremo de la ciudad en el barrio más tranquilo y aristocrático, con una de sus fachadas próxima al río, y la otra, más pequeña y humilde, que servía de entrada, al extremo de un solitario callejón, que parecía aislar el establecimiento del ruido del mundo.
María, encantada por la animación infantil del colegio, y recordando con cierto horror la quietud monástica de su casa de Madrid, no mostró, gran pesar cuando la baronesa se despidió de ella.
Ya estaba libre doña Fernanda, ya no se vería obligada a vivir en Madrid tragando bilis con la indignación que la producían las manifestaciones del populacho, ni tendría que sufrir más visitas de aquel audaz militar que la había insultado en vista de su insolente altivez.
Al prestigio religioso y político de la baronesa no le venía mal desempeñar, aunque sólo fuera por poco tiempo y de mentirijillas, el papel de víctima de la grosería revolucionaria, y con este objeto marchó a París a presentarse en el palacio Basilescki, donde vivía la desterrada Isabel II. Adhirióse a aquella mezquina corte de agradecidos, que se disgregaba y empequeñecía conforme se alejaba la posibilidad de una restauración, y tuvo ocasión de lamentarse, como los otros, de la maldad triunfante, pintándose poco menos que una María Stuardo, fugitiva, por no sufrir la venganza de la canalla revolucionaria, que conocía bien su entusiasmo monárquico y religioso.
Viviendo unas veces en París al lado de la reina destronada y otras en Bayona, reanimando su trato con los principales jesuítas españoles, pasó doña Fernanda más de un año. Su hermano Ricardo apenas si la veía, cada vez más entregado a su vida de aislamiento ascético y de piadosas extravagancias, y el padre Tomás permanecía en Roma largas temporadas, o entraba en España con todo el aspecto de un sacerdote pobre y vulgar, para hacer excursiones, especialmente por Navarra y las Vascongadas. El objeto de estos viajes era un secreto hasta para los individuos de la Orden; pero la baronesa esperaba muy buenas cosas de ellos, al ver cómo sonreían maliciosamente los más altos jesuítas al hablar de su superior ausente.