Por fin había visto al monstruo, a aquel hombre terrible que tanto miedo le causaba a su tía la baronesa.
Cuando recordaba sus ojos llameantes por la indignación, su rostro congestionado por la ira y las iracundas palabras que con ademán amenazador arrojaba a la directora y al padre Tomás, la niña se estremecía, comprendiendo lo justificado del miedo que todos parecían tener a aquel gran diablazo, enemigo de Dios.
Pero había algo en tal escena que preocupaba a la niña y la hacía dudar, sobre la maldad de aquel hombre: era el cariño, la ternura que la había demostrado.
Intentó besarla, estrecharla entre sus brazos con un enternecimiento visible... pero, ¡bah! Ella, a pesar de su poca malicia, adivinaba lo que tales manifestaciones podían significar. Quería halagarla con su dulzura, para así arrebatarla mejor, llevándosela lejos, muy lejos del colegio y de las buenas madres, a sus antros horribles, donde perpetraba seguramente toda clase de maldades. Pero... había hecho algo más que ella ya no podía explicarse tan fácilmente.
Aquellas miradas tristes que Alvarez le dirigió al verse obligado a retirarse; sus palabras, que demostraban un cariño melancólico y profundo; su sincero dolor al despedirse, sin atreverse a daría un beso, en vista de su resistencia, eran recuerdos que conmovían a la niña sumiéndola en dudas interminables.
Además, ¿por qué la había llamado tantas veces hija mía? ¿Por qué le había dicho que era su padre en presencia de la directora y del sacerdote, que callaban en aquel instante?
La niña tuvo motivo para entregarse a vastas e interminables reflexiones.
Después del suceso, las más principales de sus maestras le habían hablado de aquella escena, procurando excitar en la niña la animadversión al monstruo, que venía a perseguirla hasta en aquel santo lugar de recogimiento.
María oía y callaba, como poseída todavía del pavor experimentado al verse frente a aquel hombre; pero en realidad, su silencioso obedecía a la confusión que en su cerebro infantil producía la gran discordancia por ella notada entre el exterior simpático de Alvarez, demostrando un dolor sincero al verse rechazado por la niña, y los horrores que a ella le habían contado de tal hombre.
Un auxiliar de las religiosas, en la tarea de ennegrecer el recuerdo del hombre que había pasado por el colegio como una tempestad de ternura y justa indignación, fué el padre Tomás, aquel sacerdote humilde y siempre sonriente, que ciertas épocas aparecía ante los ojos de la colegiala para desaparecer inesperadamente, dejando vacía la sala que ocupaba en el establecimiento, contigua a las habitaciones de la directora.