Las buenas madres hablaban con cierto terror de aquella muchacha, que parecía tener los demonios en el cuerpo y que revolucionaba al colegio con su carácter cada vez más revoltoso y maligno.
La directora comprendía ahora la certeza de las afirmaciones de Alvarez. Aquella niña, forzosamente, había de ser hija suya. Demostraba tener en su sangre inquieta algo del espíritu diabólico que animaba al terrible revolucionario.
Pero las religiosas, a pesar de los continuos disgustos que les producía la niña, respetábanla, pues, en especial la directora y las madres de alguna importancia, conocían las altas miras que en ella había puesto la Compañía.
Además, María, en medio de todas sus travesuras y de su espíritu perturbador, se hacía querer por ciertos rasgos. Los días en que accedía por capricho a ser buena, entusiasmaba a las buenas madres. Su precoz talento y su facilidad para el estudio asombraba a sus maestras, que la veían, durante las cortas rachas de laboriosidad y de calma, permanecer horas enteras sobre sus libros rotos y manchados, aprendiendo en un sólo día lo que durante muchos meses había despreciado.
Aparte de esto tenía rasgos de nobleza que la hacían ser perdonada por todas sus anteriores faltas.
En medio de aquella graciosa y seductora tribu de colegialas, ella, imponiéndose por su carácter turbulento y el prestigio de su nombre, administraba justicia con toda la bárbara e impetuosa rectitud de un caciquillo indio.
Odiaba a las muchachas presumidas, pertenecientes a la encopetada y orgulloso aristocracia del dinero y las perseguía con crueles burlas; mediaba en todas las desavenencias que surgían a la hora del recreo, imponiéndose con su descaro y audacia hasta a las señoritas de último curso que estaban ya próximas a salir del colegio y pretendían abusar de su superioridad: y no había niña tímida y humilde que, al quejarse de ser martirizada por sus compañeras, dejase de encontrar en ella decidida y valerosa protección.
Las buenas madres confiaban que la edad modificaría el carácter varonil de la niña; pero sus deseos no se cumplían, y María, a los doce años, seguía siendo aún un muchacho con faldas, que lo mismo se reía de los sermones de las religiosas que de aquellas cartas amenazantes y terroríficas que le enviaba su tía al tener noticia de sus travesuras.
En cuanto al padre Tomás, hacía ya mucho tiempo que las religiosas no podían valerse de su auxilio, pues la restauración borbónica, por mediación del omnipotente Cánovas, había abierto a la Compañía las puertas de España, y el poderoso jesuíta se hallaba en Madrid sobradamente ocupado en los negocios de la Orden, para fijarse en las travesuras de María.
Esta, al tener doce años, fué cuando se encontró en la plenitud de aquel poder absoluto que ejercía sobre todas sus compañeras. Era la reina del colegio, y nadie osaba protestar contra su despotismo. En las horas de recreo era cuando podía gozar apreciando por sus propios ojos la grandeza de su absoluto poder.