Justamente entonces fué cuando María experimentó un brusco cambio en su organismo, que modificó su carácter.

Estaba próxima a los trece años, cuando comenzó a sentir un sordo malestar, una agitación nerviosa que la turbaba, impidiéndola hacer las locuras de siempre.

Sus ágiles miembros mostrábanse torpes, como si comenzasen a experimentar una interna petrificación, y los ejercicios violentos conmovíanla hasta el punto de hacerla sufrir vahidos y bruscas alternativas de asfixiante malestar.

Quejábase de violentos dolores en las caderas que la obligaban a inclinarse como si no pudiera resistir el peso de su cuerpo, y tan visible era su fiebre, que las buenas madres la llevaron a presencia del médico del colegio a la hora en que éste hacía su diaria visita.

El médico interrogó con cierta discreción a aquella niña que le miraba descaradamente con sus hermosos ojazos, y sonrió finalmente al escuchar sus respuestas, haciendo un guiño singular a la directora, que estaba presente.

¡Oh! Aquello no era nada. Exceso de salud y vida. Lo de siempre: la crisis que todas forzosamente habían de pasar al llegar a cierta edad.

La fiebre hizo dormir a María durante toda la noche con tranquilo sueño, y al despertarse a la mañana siguiente, incorporóse en su cama con nerviosa inquietud, llevando en su pálido rostro y en sus ojos asombrados una expresión de terror.

Sentía algo extraño bajo el vientre, y todo su organismo estaba dominado por una languidez que le robaba las fuerzas.

Parecíale que durante el sueño había sido herida por una mano brutal, y notaba que la parte alta de sus piernas descansaba sobre pegajosa humedad.

Alarmada y con miedo palpó bajo las sábanas, y al sacar su mano manchada de sangre rojiza y obscura púsose densamente pálida, agitó su cabeza como si el terror no la dejara aire que respirar y lanzó un grito de angustia que resonó en todo el dormitorio.