Como María estaba tan alta y el muchacho miraba a lo lejos, no pudo conocer inmediatamente que era espiado; pero por ese desconocido fenómeno que hace que las personas nerviosas se inquieten y aperciban, así que otra persona fija en ellas sus ojos, el violinista sintió como el peso de las miradas que desde lo alto le lanzaba la colegiala, y levantando su cabeza, vió a la bella curiosa.
Fijóse en la cabeza maliciosilla y hermosa, coronada por una diadema de desordenados y rizosos cabellos, y por algunos instantes no pudo apartar su vista de aquellos ojos insolentes que se clavaban en él con una expresión mezcla de insolencia y afecto.
El muchacho enrojeció como una doncella sorprendida en un baño por la ardiente mirada de la curiosidad lúbrica; sintió, al par que el rubor, una impresión de ridículo y de vergüenza, y rápidamente se refugió en el fondo de su madriguera.
La niña quedó asombrada por esta brusca desaparición.
—¡Pero, Dios mío! ¡Cuán tonto es ese muchacho!
A pesar de toda su tontería, María encontrábalo altamente simpático, y en medio de su despecho, congratulábase de que el colegio tuviese tales vecinos.
Deseosa de verlo otra vez, y como retenida por una fuerza superior a su voluntad, permaneció en su observatorio esperando otra aparición del violinista. La asquerosa calavera ya no le causaba tanto pavor desde que conocía a su simpático compañero de habitación.
Varias veces le pareció ver a través de una ancha grieta de la pared, el brillo de unos ojos fijos en ella; sin duda el tímido muchacho la espiaba, deseando que ella se ausentase para volver a ensayar en el violín.
María, comprendiéndolo así, se agachó tras el muro y esperó.
A los pocos instantes volvieron a sonar las tan sobadas notas de El Carnaval, y cuando ya María iba a hacer de nuevo su aparición sobre el muro, repiqueteó la campana del colegio, indicando que la hora de recreo había concluído; y la niña, contrariada, tuvo que abandonar su observatorio.