—¡Bravo, muy bien! Toca usted de un modo admirable.

Y así lo creía ella con toda su alma.

El muchacho parecía muy satisfecho por tales palabras, y se excusó con la modestia de un gran artista que desfallece bajo el peso de los laureles.

—¡Oh! Es usted muy amable. Toco por afición, y todavía sé poquito.

Con esto se agotó todo su caudal de palabras, y ambos muchachos se quedaron mirándose fijamente y sin hacer otra cosa que sonreír estúpidamente.

Transcurrió mucho tiempo sin que se atrevieran a romper el silencio. María en lo alto, con cierto aire de superioridad varonil y con expresión maligna y sonriente; el muchacho abajo, confuso, aunque muy contento por la amistad que comenzaba a contraer y haciendo esfuerzos por manifestarse tranquilo y no ser huraño como el día anterior.

Como María era la que conservaba su serenidad, ella fué la que reanudó la conversación.

—¿Y no toca usted otras cosas? Vamos, sea usted amable: hágame oír otra canción. Yo toco el piano, aunque poquito, y tengo gran afición a la música.

Aquel diablillo malicioso sonreía de un modo tan encantador, que el muchacho se sintió subyugado, y aunque confusamente, conoció que acababa de encontrar un ser con tal imperio sobre él, que era muy capaz, si quería, de hacerle cometer las mayores locuras.

El joven obedeció y henchido de satisfacción por tales deferencias, al mismo tiempo que deseoso de demostrar su superioridad, agotó todo su repertorio; cuatro valsecillos ligeros con una interpretación de aficionado tan detestable como la de El Carnaval. María le escuchó encantada, y tan feliz se sintió oyendo la musiquilla y contemplando de cerca y fijamente la cabeza del artista, que cuando sonó la campana del colegio parecióle que el tiempo había transcurrido con mágica rapidez.