A la media hora de conversación, hablábanse ya sin rubores ni reservas, como si toda la vida se hubiesen conocido.

Por esto mismo su tristeza fué grande cuando sonó la campana del colegio. Aquel repiqueteo les pareció un toque lúgubre, y los dos se quedaron inmóviles a mitad de la conversación, y sintiendo que aun les quedaban muchas cosas por decir.

—Adiós, Juanito. Me voy antes que vengan a buscarme. Mañana a la misma hora nos veremos y hablaremos más.

Juanito bajó la cabeza como un personaje melodramático que cede a la fatalidad irresistible; pero un débil ruido que le alarmó hízole levantar prontamente los ojos para ruborizarse nuevamente como un imbécil. María, llevándose una mano a la boca, le enviaba un beso con las puntas de los dedos.

Después, al notar el rubor de señorita que invadía el rostro de aquel grandullón, lanzó al viento su carcajada de alegre locuela y desapareció, saludándole.

—¡Ay, qué majadero!...

XI

Dúo de amor en el tejado.

Desde entonces ni una sola tarde dejaron de verse los dos jóvenes.

A la hora en que la ciudad parecía dormir la siesta al arrullo del ardiente sol, y en que los calientes tonos de luz hacían resaltar los colores del bello paisaje, los dos muchachos subían al tejado para venir a encontrarse en aquella pared que separaba sus respectivas viviendas, María, en lo alto, como una dama feudal asomada al borde del robusto torreón, y Juanito al pie, con su actitud de trovador enamorado, lanzando a su dama platónicos floreos. Faltaba la dorada guzla y las vestiduras brillantes y caprichosas para que aquello fuese igual a uno de aquellos paisajes de abanico que tanto gustaban a la niña.