Se buscaban, querían aproximarse arrastrados, por el ciego impulso del amor; pero al mismo tiempo, aunque de ello no se daban cuenta, eran impulsados por el egoísmo de la comodidad.
XII
Mecidos por la brisa.
La grave campana de la Catedral dió las once de la noche con tan calmosa prosopopeya que parecía que allá, en lo alto, sobre un púlpito de piedra de cincuenta metros, un panzudo canónigo de bronca voz comenzaba a predicar su sermón.
María se incorporó cuidadosamente en su lecho; oyó cómo por espacio de algunos minutos se iban pasando la hora todos los grandes relojes de la ciudad, poblando con fuertes campanadas el desierto y obscuro espacio, y cuando se restableció en el dormitorio aquel silencio, únicamente turbado por las tranquilas y acompasadas respiraciones de las compañeras que dormían, la colegiala entreabrió las cortinas de su cama y se deslizó sin hacer ruido.
Habíase metido su falda antes de bajar del lecho y el cuerpo lo llevaba encerrado en una chambra que dejaba al descubierto el nacimiento de su cuello virginal, que comenzaba a dibujarse con la seductora y voluptuosa curva de la mujer hermosa.
Cogió sus botas, que estaban al pie de la cama, y agachada en actitud expectante permaneció algunos minutos para convencerse de que nadie iba a apercibirse de su salida.
Nada; la calma más absoluta reinaba en toda la pieza. La velada luz que la alumbraba en sus continuas palpitaciones hacía bailotear un sin fin de sombras sobre las colgaduras de los alineados lechos y en aquella pared de enfrente, desnuda y blanqueada, rota a trechos por la línea de cerradas ventanas, entre las cuales estaban los lavabos de las colegialas con sus toallas, limpias y rígidas por el planchado, que vistas en la movediza penumbra parecían mortajas de virgen, colgadas como ex votos.
Del interior de aquellos lechos, circuídos de blancas cortinas rosadas por la luz, salían las acompasadas respiraciones del sueño. Nadie la vería marchar. Sólo tres camas la separaban de la puerta de salida, y en la última dormía la hermana inspectora, encargada de la vigilancia de la pieza.
Lo más importante era pasar ante su lecho sin que se apercibiera la vieja religiosa, que por cierto era enemiga feroz de María, por lo mucho que ésta la había molestado en otro tiempo con sus travesuras.