Aquella tibia claridad que bruscamente lo había invadido todo aunque acrecentaba el encanto de la entrevista, había reanimado sus lánguidos nervios disipando la absorbente embriaguez.
Ahora hablaban más, aunque sin dejar por esto de mirarse y de permanecer estrechamente agarrados por la cintura.
Su conversación se basaba sobre ilusiones, resultaba inocente, pueril; pero sus balbuceantes palabras tenían el poder de abrir nuevos horizontes a las imaginaciones excitadas por el amor.
Cuando fueran mayores y casaditos de verdad, harían esto y aquello; y aquí enjaretaban todos sus deseos inocentes, todas sus aspiraciones, propias de almas puras, que hubiesen hecho lanzar a un escéptico una carcajada digna de Mefistófeles.
Los dos arreglaban su porvenir de un modo hermoso; y con ese egoísmo propio de los enamorados, no vacilaban en desearle la muerte a medio género humano con tal de arreglar su felicidad. Ya vería Juanito cómo los dos serían muy dichosos. El llegaría dentro de pocos años a ser en Madrid un médico famoso; moriría su tío, legándole la clientela y la celebridad, y entonces se casarían y vivirían juntitos con la mamá, aquella pobre señora ciega a la que amaba la colegiala sin conocerla. En cuanto a su tía la baronesa, también se moriría, como el doctor Zarzoso, y de este modo, in mente, los dos muchachos iban matando a todos los seres importunos que con su presencia podían turbar su dicha.
Y mientras se entregaban a esta destructora tarea, los relojes iban que volaban, hasta el punto de que a los dos les parecía que entre las horas y los cuartos sólo mediaba un silencio de algunos segundos. El tiempo es enemigo del hombre y se goza en contrariar sus deseos; pasa veloz, como una bocanada de aire, en la primera cita de amor, y transcurre con la desesperante lentitud de la tortuga, en los momentos de cruel pesar, de dolorosa incertidumbre.
Los dos jóvenes ya no atendían a los relojes. Se hallaban allí muy bien, y mientras fuese de noche no tenían prisa. Las otras entrevistas serían más breves, pero en ésta, en la primera, había que apurar la novedad, el placer de verse de cerca, de hablarse con las bocas casi pegadas, de estremecerse con rápidos contactos hasta que el alma, ahita de efluvios amorosos, gritase: ¡basta!
No sabían ellos que este instante de fastidio nunca llegaría en aquella noche.
Sus palabras eran cada vez más lentas, más vagorosas; parecían nacidas de un sonambulismo amoroso, y en su tono débil adivinábase que no tardarían en extinguirse. Los nervios, puestos en excitante tensión durante muchas horas, languidecían ahora buscando el descanso.
María, sin notarlo, fué reclinando la cabeza sobre el hombro de su novio; su voz se fué extinguiendo lentamente y al fin su respiración, queda y regular, indicó que acababa de dormirse.