XIII

Una carta.

Jesús María y José.

Señora baronesa: Con el corazón profundamente apenado tomo la pluma para escribir a usted. Bien quisiera evitarla este disgusto, pero mis ideas religiosas y mis deberes como directora de este colegio me obligan a dar un paso del que me conduelo, más que todo, considerando el dolor que causarán mis palabras en una persona tan respetable y querida como usted lo es para mí.

Ya conoce usted las travesuras de María, que tanto han alborotado este colegio, con gran disgusto mío y de las demás hermanas que prestan sus servicios en este establecimiento. Teníamos a la niña por traviesa e incorregible, como dominada por el espíritu diabólico que nunca deja en paz a ciertas almas; pero jamás creíamos que en su afán de escándalo llegase tan adelante.

Esta mañana...—¡oh, dulce Corazón de Jesús!, me aterro al intentar escribir lo sucedido—. Hace muy pocas horas, las hermanas encargadas de la limpieza del establecimiento han encontrado a su señora sobrina en la azotea del colegio, ¡oh, Dios! ¿me atreveré a decirlo?... durmiendo con las ropas en desorden y estrechamente abrazada a un hombre desconocido que dormía también sobre su seno.

Señora, desde aquí veo la dolorosa sorpresa que causará en usted esta revelación, y creo oír los mismos sollozos que arrancará a su pecho la perversa conducta de su sobrina.

Figúrese usted lo que habrá sucedido en esa azotea, en la obscuridad, tratándose de una niña que no manifiesta el más leve temor a Dios y de un hombre desconocido.

La hermana que hizo el descubrimiento bajó a darme cuenta del terrible suceso inmediatamente, y cuando yo subí, encontré a María sola. El seductor había huído; pero por una cuerda encontrada en la azotea y por otros indicios, he venido en conocimiento de que el tal sujeto es un estudiantillo que vive al lado del colegio.

No pienso intentar por mi parte nada contra ese muchacho. Hacer intervenir en el asunto a la autoridad sería dar un escándalo que redundaría en desprestigio de este santo establecimiento. Lo tengo bien pensado y no intentaré nada contra ese pecador que, inspirado por el demonio, ha violado el sagrado de esta casa.