Aquella mañana tenía doña Esperanza muchas ocupaciones, según costumbre.
Acabó de tomarse el chocolate, su criadita le ayudó a ponerse el velo, calzóse los guantes y fuése a la calle, pensando en escalonar sabiamente los diversos quehaceres que tenía y cuidando de no olvidar ninguno.
Ante todo debía ir a San José a oír la misa de nueve, que decía invariablemente el padre Bernardo, un sacerdote íntimo amigo suyo, que por su pobreza y humildad le era muy simpático y al que ella protegía dándole todas las misas en sufragio de almas que la encargaban sus amigas.
Después de santificar de este modo su día y rogar a Dios que le saliera todo bien, iría desempeñando todas sus comisiones. Lo primero que había de hacer era pasarse por la Librería Católica a ajustar cuentas.
Doña Esperanza era publicista, aunque publicista en pequeño, como ella decía modestamente y procurando ruborizarse; lo que no impedía que cuando alguna revistilla devota la dedicaba “un bombo”, preguntase a sus amigas, con aire escandalizado, qué les parecía “aquello” y que por la noche leyese el laudatorio suelto a su criadita para que así la respetase más y se convenciera de que tenía el honor de servir a una persona notable.
La viuda de López tenía una gran facilidad de asimilación. Sin darse cuenta de ello, imitaba perfectamente todas las exterioridades de estilo de lo último que acababa de leer, y además era notable por su facilidad de palabra y su desparpajo, lo que la hacía pasar por indiscutible oradora en las Juntas Benéficas de señoras, donde con ademán olímpico dejaba caer su voz sobre unas cuantas docenas de cabezas rellenas de “crepé” por fuera y tal vez por dentro.
Doña Esperanza tenía su ambición, que consistía en brillar como una eminencia sin rival en un género de literatura extravagante, fundado en un simbolismo tan loco como ridículo, y que tenía por objeto la salvación de las almas por medio de una predicación estrambótica.
Ella era la autora de unas hojitas tamañas como la mano, que se vendían a gruesas en las librerías religiosas a las personas que deseaban propagar la santa verdad, repartiendo tales esperpentos literarios. Algunas de aquellas diminutas obras habían alcanzado gran fama en los conventos y asilos y se la llamaba ya por antonomasia en los periódicos del gremio “la ilustre autora de la ‘Receta para confitar almas’”, hojita notabilísima en la cual se marcaba el medio de llegar al cielo con procedimientos de confitería.
Aquello de decir que se cogiera una calderita de “purísima conciencia”, y si estaba empañada se le echase un poco de vinagre y sal de “propio conocimiento”, y con un estropajito de “diligente examen” se limpiase con la “gracia sacramental”, resultaba para las monjas y beatas que leían la colección de “Hojas Místicas”, publicadas por doña Esperanza, sublimes rasgos de ingenio, inspiraciones casi divinas para la salvación de los humanos; y la admiración del crédulo público aún iba en aumento cuando leía el resto de la obra, o sea todos los elementos que entraban en la célebre receta para confitar almas. En ella figuraban, artísticamente combinados, el azúcar de la “confianza en la bondad de Dios”; la “mansedumbre” que podía ser comprada en abundancia en la droguería de “Vita Christi”; el agua de “doloroso llanto”, las parrillas de “prudente disimulo”, el fuego del “amor de Dios”, la ceniza de “verdadera humildad” para envolver las brasas, la cucharadita de “virtuosos afectos”, la espumilla moteada de la “presunción”, el lienzo de “rectísima intención”; las cuñitas de madera de “negación del propio juicio” y de “negación de la propia voluntad”; y así, en espantoso galimatías, la autora de la “Receta” iba amontonando imbecilidades, hasta que, al final, decía textualmente, hablando del alma que quería someterse a las prescripciones de tal confitado:
“Todo esto hecho, póngase sobre la calderita una cobertera de oportuno “silencio”, y déjese que vaya hirviendo al fuego de las “tribulaciones” de esta presente vida, y que poco a poco se vaya apaciguando, dulcificando y confitando, hasta que tenga un punto de perfección tal que agrade al Dueño que la ha de comer.”