—Doña Esperanza; no la entiendo a usted.

—Vamos, no tengas reparo en hablarme. Lo sé todo.

—¿Sí? ¿Y qué sabe usted?

—Lo que he visto. Que un joven que parece estudiante de San Carlos te hace el amor desde la acera de enfrente.

—¡Oh! ¡Hay tantos que me hacen el amor...!

Y la joven dijo estas palabras con tan graciosa petulancia, que la viuda no pudo menos que acogerlas con una sonrisa.

—¡Qué pícara eres, Maruja! No extraño que desde aquí, encerradita en casa y burlando la vigilancia de tu tía, vuelvas locos a los hombres. Además, cada día te encuentro más guapa.

—Muchas gracias, doña Esperanza. Pero usted también es guapa.

—¿Quién? ¿Yo?... Lo era, hija mía; lo fuí en otros tiempos, pero ahora sólo quedan los restos. ¡Ay, quién tuviera tu edad!

Y la viuda lanzó un suspiro de jamona sensible que llora los pasados tiempos y en la frialdad de su situación todavía se conmueve viendo los ardores de la juventud.