Y María, efectivamente, se abismaba en profunda reflexión, como si por primera vez tropezase con inconvenientes que hasta entonces no había visto.
—Sí, es verdad—dijo por fin a la viuda—; pero todos estos inconvenientes están resueltos sencillamente con que Juanito no ejerza su profesión y se dedique a ser sabio y a escribir libros de ciencia. De este modo podré casarme con él.
—¡Bah, hija mía! Tú estás reservada para algo más que para ser la esposa de un rebuscador de librotes. Cuando tu tía se convenza de que eres una joven como las demás, para lo cual falta poco, y de que deseas casarte, ya te buscará un marido que esté en consonancia con tus merecimientos y tu alcurnia.
—Pero yo quiero casarme con Juanito—dijo María con sonsonete de niño mimado.
—Pues no lo lograrás, hija mía. Procura no forjarte esas ilusiones. ¡Buena se pondría tu tía si llegara a conocer tus amoríos con el sobrino de don Pedro!
Iba María a contestar, pero un ruido le llamó la atención y dijo a doña Esperanza:
—Es el doctor, que se marcha.
E inmediatamente se dirigió a la antesala, seguida de la locuaz viuda.
El doctor Zarzoso era para ella una persona muy simpática, sencillamente por ser tío de su novio. El afecto que profesaba a Juanito venía a reflejarse en aquel hombre rudo, que se esforzaba en ser amable con aquella joven que le trataba con cariño que él no sabía a qué atribuir.
En la antesala fué donde encontraron al doctor Zarzoso, tomando del perchero su chistera y el bastón.