—No le encontrará. Se iba ya Juanito cuando notó que usted se hallaba en el gabinete.
—Bueno, querida: vamos a ver a tu tía, que estará solita. Ella no saldrá hoy al comedor, ¿verdad? Pues me quedo a almorzar contigo: no quiero que estés sola y fastidiada, pichoncita mía.
Y la gorrona viuda se entró salas adentro, con la misma confianza que si fuese la dueña de la casa.
III
Lo que fué de María al salir del colegio.
Fácil es imaginar el recibimiento que la baronesa de Carrillo haría a su sobrina, cuando ésta, recién salida del colegio, llegó a Madrid.
Doña Fernanda no quiso ir a por ella. La carta de Sor Luisa de Loreto la produjo una impresión terrible. Después de furiosos transportes de indignación, sintióse avergonzada como si ella misma fuese la sorprendida en la azotea del colegio en brazos de un muchacho, y no se decidió a ir ella misma en persona a buscar a su sobrina, como si temiese que las monjas fuesen a echarla una reprimenda por ser la tía de María.
Fué a por ésta un viejo criado de la baronesa, especie de administrador con aspecto de sacristán que los padres jesuítas le habían recomendado como hombre en quien podía depositar toda su confianza.
María, a pesar de todos sus bríos de muchacho con faldas, entró temblando en la casa de la calle de Atocha, que le pareció más lóbrega aún y fatídica que el colegio de Nuestra Señora de la Saletta.
Contra todo lo que ella esperaba, la cólera de la baronesa no se desbordó como terrible tempestad. Limitóse a dirigirla unos cuantos insultos, y después, con aire de verdugo, afirmó que no tardaría ella en arrepentirse de aquella ligereza que había deshonrado a la familia.