Al principio de la Restauración, a aquella tertulia de ultrarrealistas les quedaba alguna esperanza, simbolizada en la persona del pretendiente D. Carlos; pero poco a poco fueron desvaneciéndose sus ilusiones. También el representante de la buena causa, del sano y respetable pasado, se contaminaba del espíritu moderno, y daba al traste con la tiesura tradicional de la majestad. A sus oídos llegaban noticias sobre la vida del pretendiente en París y sus calaveradas, hijas de un espíritu ligero que sólo a la fuerza se amolda a las ceremonias de su rango.
Y luego aquellas aventuras escandalosas; los derroches de dinero, las fiestas de húngaras; cosas eran todas éstas sobradamente importantes para horripilar a tanta persona grave, que aunque en su juventud no habían hecho vida muy santa, por esto mismo la vejez les había blindado con la más austera virtud y la más asustadiza hipocresía.
En fin: que aquella tertulia era una verdadera reunión de demagogos blancos que, en nombre del pasado, pedían la completa destrucción de lo existente, que nada encontraban bueno y que, como astros muertos, vagaban por el espacio social de su época, repelidos de todas partes, y sin sentir la menor atracción de simpatía.
Eran revolucionarios a su manera, y de seguro que, a tener en sus manos un poder irresistible, hubiesen destruído toda la obra del siglo. Por aquello de que los extremos se tocan, miraban con lástima y horror a los hombres de ideas avanzadas, pero no pasaban de ahí; y, en cambio, guardaban todo su odio, su desprecio sin límites, para los llamados monárquicos liberales que, transigiendo eternamente, y escépticos en el fondo, pretendían amalgamar el pasado con el porvenir.
Aquella tertulia era invariable e indestructible. Eran muy pocos los neófitos que lograban introducirse en ella, y menos aún los que desertaban. Permanecía inmóvil, con la inercia de una momia, que tenía fijos sus muertos ojos en el pasado.
Al entrar en el salón y contemplar los rostros apergaminados, contraídos ligeramente por una sonrisa de aristocrático desdén, podía decirse, como Hamlet:
“Algo hay aquí que huele a muerto.”
Era aquella una charca inmóvil, en cuyo fondo dormían todos los putrefactos ídolos del pasado.
Tan firmemente estaba convencida la tertulia de la baronesa de sus creencias, tan intransigente era con su época, tan alejada se hallaba de lo existente, que la sorprendía de un modo terrible alguna palabra del padre Tomás, de su ídolo; palabra que, como piedra veloz, caía en el pantano ultrarrealista, produciendo ondulaciones de asombro que duraban muchos días.
La sorpresa conmovía a las momias hasta el punto de que a sus deslustrados ojos casi asomaban las lágrimas.