Además, el astuto jesuíta no se mostraba tan seguro como doña Fernanda de la facilidad con que la joven abrazaría el estado monástico.
En sus visitas a la baronesa había tenido ocasión para estudiar con ojo certero el carácter de María, y, además, sus hazañas de la niñez, de las que estaba enterado por las religiosas del convento de Valencia, le daban a entender cuál era el verdadero temperamento moral de la joven; pero resultaba en doña Fernanda una preocupación tradicional el creer que bastaba que a ella se le ocurriera una cosa, para que inmediatamente pensasen lo mismo los individuos de su familia.
Ella deseaba que María fuese monja y no había ya más que hablar; María lo sería.
Pronto experimentó una decepción. María tenía en sus venas la sangre del belicoso Alvarez y su carácter varonil no se doblegaba con momentáneas concesiones como el de la infortunada Enriqueta.
La baronesa creíase segura con aquellos dos años de reclusión y obediencia automática a que había castigado a su sobrina.
—No dude usted, padre Tomás—decía siempre al italiano—, que María me obedecerá. Es toda una jaquita brava; más bien dicho, lo era, pues antes resultaba idéntico al bandido de su verdadero padre; pero ahora, desde que yo la he sometido al régimen del silencio y de la obediencia, es mansa como una cordera y hará cuanto yo le diga.
Y la baronesa así lo creía, viendo aquella niña tímida en apariencia, que acogía todas sus palabras con los ojos bajos y el aspecto encogido.
Por esto su asombro fué inmenso cuando, a las primeras indicaciones que la hizo acerca de las bondades de la vida monástica, María, como el que abandona un disfraz, se despojó de aquel exterior de mansedumbre y dijo con resolución:
—No, tía. Está usted muy engañada. Yo no seré nunca monja, y si usted cree que va a hacer conmigo lo que con mi pobre madre, está usted en un error muy grande. ¡No, no y siempre no!
Y dijo estas palabras con una energía, cuya fuerza ya se notaba en sus ojos brillantes y fijos en los de su tía, con insolencia de reto.