Además, en tal circunstancia conoció personalmente al tío de su novio, aquel personaje terrible, del cual se había hablado con expresión de miedo en las tertulias de su tía, y que a ella, a pesar de tales prejuicios, le resultaba un buen señor.
El famoso sabio, con toda su ciencia y aquel conocimiento del mundo y de las personas que afectaba su fingida malicia, no podía explicarse las causas de la exagerada amabilidad con que le trataba la niña de la casa. Era un secreto para él el por qué de las sonrisas graciosas y la expresión de alegría con que le recibía la sobrina de la baronesa; pero, ¡ah, cándido doctor!, si no hubiese siempre marchado con la cabeza baja y preocupado por sus ideotas luminosas, de seguro que al salir de la casa se lo hubiese explicado todo, al ver a su sobrino alejarse rápidamente, o esconderse en algún portal, al notar la presencia del tío.
María era la única de aquellas señoritas aristocráticas a la que no miraba con expresión de lástima y asco; no era un gatito desollado, como él llamaba a las otras.
Conocía bien la historia de la familia. Bastante le había dado que hacer la muerte del conde de Baselga en el manicomio que él dirigió en otros tiempos, y aunque estaba convencido de su locura, no dejó de preocuparle el tiro de pistola que el infeliz demente se disparó en su celda. Aquella arma fatal hacía presentir al doctor la existencia de una diabólica intención, que había intervenido en el arreglo de la tragedia. Y como era en él característico atribuir todos los males a la “gente de sotana”, no vacilaba en tener por culpable de cuanto había ocurrido a aquel padre Claudio, de quien ya casi nadie se acordaba en Madrid.
Además, conocía algo de la historia de María, y esto amenguaba un tanto la extrañeza que le producía notar en ella un vigor y una energía serena, impropia de la familia. El recordaba haber escuchado ciertas murmuraciones, de las cuales no salía muy bien librada la virtud de la madre ni la dignidad del padre; murmuraciones en las que danzaba el nombre de cierto célebre revolucionario.
Pero todas estas ideas sólo podían preocupar por poco tiempo a un hombre como el doctor, obsesionado por los obscuros problemas de la ciencia; y así es que, apenas hubo dejado de visitar a doña Fernanda, repuesta ya de sus ataques nerviosos, olvidó por completo a la tía y a la sobrina.
Los amores del estudiante y María seguían, entretanto, su curso, fortalecidos ahora por la protección de la viuda de López.
La explicación surgida entre doña Esperanza y la sobrina de la baronesa había servido para que la viuda, arrastrada por su afición a los enredos y por el afán de hacer favores, se pusiera a las órdenes de los novios.
Ya se sobrentendía que ella hacía esto únicamente porque la niña se divirtiera; porque, al fin, había que dar a la juventud lo que era suyo y dejar que gozara cuando le llegaba su tiempo; mas no por esto creía ella que tales amoríos podían terminar en un casamiento.
Unos amores inocentes, y nada más. Cosas de muchachos. ¿Qué pecado se cometía dejando que María tuviera un novio, como todas las de su edad? Más adelante, ya entraría en la reflexión, y cuando su tía se convenciera de que la muchacha nunca llegaría a ser monja, ya le arreglaría un matrimonio digno de su posición y de su nombre.