Zarzoso, ante la cordura de la joven, se espontaneaba como con un compañero, y hablaba con el mismo abandono que si su interlocutor fuese Agramunt.

¿Cómo fué aquella segunda caída? Zarzoso no pudo darse cuenta de ella; obró más instintiva y ciegamente que la primera vez, con la agravante de que en esta ocasión, la caída fué fría, sin arrebatos de pasión, como si se sintiera empujado por una ruda e irresistible fatalidad.

A las siete, hora de la comida, salieron los dos del hotel cogidos del brazo. Zarzoso demostraba la mayor indiferencia. ¿Qué le importaba ya que le vieran en tal compañía? ¿A qué fingir hipócritamente una virtud que estaba lejos de tener? Era un miserable, un cobarde sin energía ni dignidad, que se sentía enloquecido ante una corrupción porque era hermosa, y que no tenía voluntad para resistir la más leve de las pérfidas insinuaciones de aquella mujer que llevaba al lado.

Judith le había aprisionado, le había convertido en un esclavo de su lascivia, y él se resignaba al considerar que eran de rosas las cadenas que le aprisionaban.

Agramunt quedó asombrado al ver de qué modo se había apoderado Judith del ánimo de Zarzoso, el cual, después de su segunda caída, estaba desalentado y se mostraba impotente para luchar.

El escritor había tenido siempre a Judith en concepto de mujer terrible, pero no creía a Zarzoso capaz de rendirse con tanta facilidad: su asombro se trocó en temor cuando aquella noche les oyó hablar a los dos amantes de su futura vida arreglando la existencia que llevarían desde aquella noche.

Ella se mostraría seria, evitaría el trato con sus antiguos amigos del barrio y vivirían con la tranquilidad de burgueses unidos por el lazo matrimonial. Judith miraba con ojos de ternura a Zarzoso y aseguraba a Agramunt, único espectador de la escena, que jamás había amado a ningún hombre como a aquel pequeño doctor.

Ella no abandonaría su linda habitación de la calle Monge, que jamás había dejado a pesar de todos sus galanteos y en la que nunca permitió la entrada a sus amigos. Allí tendría su vestuario, sus secretos, los objetos de su intimidad, pero, aparte de esto, dormiría en el hotel de la plaza del Pantheón, comería con Zarzoso, pasearía con él, y mientras éste estuviera en las clínicas, ella se ocuparía en sus visitas y quehaceres.

Habló de seguir sirviendo de modelo para ayudar a los gastos de la nueva existencia, pero Zarzoso protestó con una energía tan rotunda, que en ella se notaba un principio de celos.

Agramunt estaba admirado. ¿Qué le había dado la gran perdida a aquel muchacho tan sensato para volverle de tal modo el juicio y convertirlo en un estúpido?