El joven, dominado por Judith, se agitaba como un sonámbulo en aquella atmósfera fétida; había perdido por completo su voluntad y obedecía en todo a los caprichos de su querida, sin permitirse la menor observación.

El, que al principio de su nueva vida tenía reparo y cierto rubor en acompañar a Judith por la calle, salía ahora con la mayor impasibilidad al lado de su querida y de dos o tres de aquellas amigas a las que conocía el barrio entero, y algunas de las cuales, por sus embriagueces y sus escándalos en la vía pública, habían visitado más de una vez al comisario de Policía del barrio.

Zarzoso, con su aspecto de hombre de ciencia, con aquellas gafas que le daban un aire de profesor de la Sorborna, marchaba erguido e impávido en el centro del revoltoso grupo formado por tales mujerzuelas, que dejaban tras sí una atmósfera de escándalo y de indignados comentarios.

El infeliz Zarzoso nunca llegó a apercibirse del concepto en que le tenían en el barrio y de las apreciaciones que sobre él hacían cuando en tal compañía pasaba ante alguno de los cafés del bulevar Saint-Michel.

Había quien, a pesar de su aspecto honrado, le creía un ser envilecido, que comía de las más inmundas mujeres a cambio de servirles de caballero acompañante. Agramunt, que sabía toda la verdad y conocía los comentarios del barrio, estaba furioso contra su amigo por su estúpida pasibilidad y llegaba hasta evitar su saludo.

Fué una tarde, a las siete, cuando ocurrió el encuentro que tanto temía Zarzoso.

El joven había ido a la otra orilla del Sena acompañando a Judith y a dos amigas para hacer unas compras en los almacenes del Louvre, y después habían entrado en la cervecería de La Paleta de Oro, en la calle de Rívoli, pues la rubia era muy pródiga con sus amigas, y siempre que salía las convidaba con el dinero de su amante.

Al regreso, cuando ya los reverberos de las calles estaban encendidos, subía el alegre grupo por el bulevar Saint-Michel, demostrando con sus carcajadas, sus saltos y las insolentes palabras que dirigían a los transeúntes, la fuerza alcohólica de la buena cerveza negra de Estrasburgo.

Fué cerca de la esquina del café de Cluny donde Judith, con su voz de carretero y ademanes de cargador borracho, tuvo un altercado con una mujer que pasaba y que, en su concepto, había hecho burla de ella.

La proximidad de una pareja de guardias de la Paz hizo terminar el conflicto, pero no impidió que los transeúntes se detuvieran, fijándose en el grupo que formaban las tres mujeres y Zarzoso.