La orilla derecha tiene en sus majestuosas calles, en sus deslumbrantes edificios, algo de la atmósfera de la orgía. Allí se agolpa el bandidaje de frac; el canallesco arte del vividor, elevado a la categoría de ciencia; y precisamente ese París es el que seduce y admira al mundo, el que atrae las miradas de todas las naciones, el que devora a cuantos viajeros penetran en la gran ciudad por los cuatro puntos cardinales. Es como el espejuelo giratorio que atrae las alondras de todas partes y en sus tiendas de lujo, santuarios elevados a la divinidad del dinero, y que sobrepujan en fasto y majestad a los más grandiosos templos de todas las religiones, se agita un confuso cosmopolitismo y allí se codea, el ruso con el brasileño y el árabe con el yanqui.
Ese es el París de los cafés, el París de los teatrillos desvergonzados, de las bandadas de cocottes, de los restaurants que admirarían a Gargantúa; el París que dice al mundo entero con acento dictatorial cómo ha de ser la forma de los sombreros y los trajes, y que en el último arrebato de su extravagancia ha puesto en moda la danza del vientre.
La mayor parte de los viajeros que llegan a París desde los más apartados rincones del mundo, no pasan nunca del Sena, desconocen por completo la orilla izquierda, y al volver a su país, viviendo tal vez en la opulencia, recuerdan con fruición la gran ciudad, con su restaurant en que les envenenaban lentamente, y sus mujeres embadurnadas de blanquete que adoran por una noche al mejor postor, a tanto la caricia.
La orilla izquierda del Sena, tal vez porque no es frecuentada por esa horda de viajeros con el bolsillo repleto y el apetito hambriento de toda clase de pasiones, es lo más notable que tiene París, lo que guarda mejor el carácter de esa primacía intelectual que distinguió a la gran ciudad en los pasados siglos y aun la distingue hoy.
En esa orilla izquierda, el centro, el corazón, lo más selecto y atrayente es el Barrio Latino, nombre que hace palpitar de emoción el pecho de toda persona que haya visitado la metrópoli francesa con el deseo de estudiar.
Ese barrio es la representación del gran París antiguo; el París que guarda la Sorbona, antorcha de la ciencia, que disipaba las tinieblas universales de la Edad Media y atraía a los hombres eminentes de todo el mundo, los cuales, al abandonar la Universidad madre, volvían a sus respectivas naciones a difundir los conocimientos que habían adquirido.
Las calles que componen este barrio de París son, sin disputa, las más importantes del mundo, pues en ellas han vivido y viven los primeros genios de Francia, junto con hombres eminentes de todas las naciones que fueron a establecerse en el distrito de la ciencia, empujados por persecuciones políticas o por el deseo de estudiar.
El viajero ilustrado, al transitar por las calles del Barrio Latino, no puede impedir el sentirse dominado por espontánea emoción. En los sitios que le sirven de paseo, en los cafés donde descansa, y tal vez en el mismo hotel que le alberga, han vivido los grandes hombres, cuyas obras son el encanto de la generación presente.
Si todavía quedan en las viejas casas del barrio recuerdos de la juventud de Voltaire y Crebillon, cuando eran pasantes de un curial, mejor se conserva aún la memoria de personajes contemporáneos que asombran al mundo con su gloria, y que en la pobre, pero brillante cuna del cuartel Latino, nacieron y crecieron. Aún quedan en él viejos dueños de hotel o encargados de restaurant, que recuerdan cómo alborotaba durante el imperio de Napoleón III los cafés del barrio con sus discursos republicanos dichos con voz de trueno, un estudiante tuerto y de figura atlética, gran perseguidor de caras bonitas, y que llevaba el nombre entonces desconocido de León Gambetta; aún se conserva fresco en la memoria de algunos, la imagen de un muchacho tímido y enteco con melenas merovingias y las manos ocupadas siempre por paquetes de libros, el cual respondía al nombre de Alfonso Daudet; conocido fué también en el boulevard Saint-Michel, principal arteria del Barrio Latino, un tal Emilio Zola, que era entonces dependiente de una librería; y remontándose a muchos años antes, queda memoria de que en un mal figón inmediato a la Sorbona, comía a franco el cubierto un joven pequeñito, de raída levita cuyos bolsillos estaban atestados de libros y notas y el cual tenía de apellido Thiers.
En ese barrio han llorado y han reído, cuando muchachos, todos los hombres que estaban destinados a dar a la Francia esa hegemonía intelectual que tiene sobre el resto del mundo; en él han sufrido hambre y fríos, solos y desconocidos, los que después han ganado millones con su pluma o han ascendido a la primera magistratura del país; y en él también han tenido primeros amores los genios a quienes la admiración universal ha colocado en la categoría de semidioses.